Tres Gilipollas

Publicado: mayo 11, 2011 en Biografía, Experiencias y Recuerdos.

Uno empieza, de jovencito, considerando la guerra un juego (Y de una manera macabra, lo es, un juego donde la apuesta es máxima). Luego creces, lees, y esa perspectiva infantil se desvanece. Descubres que la guerra es quedarte aterrado en un agujero, mientras rezas que el fuego de mortero no te arranque las piernas de cuajo, a cuenta de un general o coronel para quien sus soldados no son más que carne de cañón fungible en pos de un objetivo que con suerte tendrá algún valor estratégico. Descubres que es aburrimiento, seguido de un caos donde no tiene ni idea de a qué o a quien disparas. Descubres que es volver en una caja envuelta en una bandera. Descubres que mientras  estás muriéndote sueles cagarte encima.  Y aun así, tienes ese impulso, la camarería, el honor, la pregunta que a todos nos ronda por la cabeza, que se siente al matar a alguien, la adrenalina, el vacio. Sentirte un hombre, de esos que ves en las películas, cansado, con barba de tres días y la mirada de los mil metros. Quieres ver balas trazadoras dibujando estelas por la noche, quieres tener una cabeza enemiga en tu punto de mira, quieres fumar hierba en Vietnam, emborracharte en el nido del águila, bombardear irak, clavarle una pica a un caballero francés, disparar una ballesta, oler napalm, ver pozos petrolíferos ardiendo, tomar prisioneros, disparar, herir, mutilar. Quieres saber que siente dentro de un caballo de madera, de un tanque, de un barco de guerra. Quieres volver convertido en alguien duro, peligroso, que tu mujer, que tu novia te reciba con los brazos y las piernas abiertas mientras tú aun apestas a pólvora y sudor. Quieres llorar en su hombro por los amigos que dejaste atrás.

Aunque vayamos al meollo, que me pierdo. Una vez, no hace mucho, me zurre con tres. Esperaba a que unos amigos se acabasen de comer un bocadillo dentro de una bageteria mientras yo espera fuera echándome un cigarrillo. Estaba quemadísimo a cuenta de una mujer (Error por el que actualmente estoy pasando una fase de entrenamiento mental para no volver a caer en él). Cuando decidí pirarme aburrido de esperar, tres mierdas, tiñalpas borrachos, carne del opus y de las generaciones más bobas del PP empezaron a gritarme desde la distancia. No se que coño gritaban. Me di la vuelta, les mire y decidí pasar. Ellos continuaron. Y toda la rabia y la frustración exploto. No enzarzamos verbalmente, y ya estaba a punto de irme cuando me soltaron dos palabras que activaron mi cerebro de lagarto. Cobarde y ten cuidado donde te metes que somos tres. La arrogancia que no se sustenta sobre hechos me desquicia. Si fueran gitanos, o rumanos de tres metros, o un grupo de guerrilleros albano kosovares lo hubiera entendido. Si no hubieran tenido esa cara de oligofrénicos de barrio pijo lo hubiera entendido. Y me hubiera largado echando leches de allí, tragándome el orgullo y dejando un rastro de pis (la mejor parte del valor es la discreción).

Pero… ¿estos mierdas?

Y, claro, me llego el pensamiento mágico. ¿Qué hubiera hecho mi padre en esta situación?

Le solté una hostia a uno, totalmente a traición (Aviso, se rompe antes una mano que una mandíbula) y me lance a por los otros dos en modo aquí palmamos sansón y trescientos filisteos. Se cagaron. Nada asusta más que la violencia irracional, sobre todo cuando menos te lo esperas. No notaba nada. No sentía nada. Resulta que los samuráis japoneses lo llamaban el shamadi, un estado de focalización mental en el que todo tu ser está enfocado a la consecución de un único objetivo.

Y mi objetivo era descuartizarlos.

Acabó de modo típico. Salieron mis dos amigos, ellos se cagaron aun más y desde una saludable distancia empezaron a  insultarnos. Luego, la apoteosis. El subnormal que se llevo la guaya se fue corriendo a parar a un coche de policía y ponerse a lloriquear enfrente de un poli (rezo a Dios que si alguna vez me dan una hostia no hacer eso). Los polis pasaron totalmente del asunto, el tipo me puso una denuncia en que le falto decir que le había asaltado un dragón, no prospero y colorín colorado, esta anécdota se ha acabado.

Después de eso, me sentí totalmente purificado por dentro.

Qué razón tenía Coy al pensar que los hombres nos estamos volviendo locos porque ya no nos peleamos. Demasiada mierda sin medios de escape.

Barro, mierda y sangre. Eso es la guerra. Pero si solo eso, ¿por qué nos vuelve locos?

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comentarios
  1. Ak dice:

    La violencia es inherente a la condición humana y, sobre todo, necesaria en algunos casos (que nadie confunda “necesario” con “gratuito” o “sin sentido”) A la próxima no uses el puño, agénciate un vaso.

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