Un Relato.

Publicado: junio 27, 2011 en Relatos

Cuesta muchísimo ir en bicicleta por un pinar. La arena provoca que las ruedas patinen, y requiere un esfuerzo sobrehumano avanzar unas docenas de metros. Si eres un niño gordo, tus endebles músculos y el exceso de peso no ayuda lo más mínimo. Y si estas en pleno apogeo del verano castellano a las cuatro de la tarde, cualquier actividad física que implique un gasto superior de energía al de estar tumbado encima de una toalla en la piscina o aporrear los botones de la Play puede considerarse un suicidio.

Jorge se limpió el sudor de la frente y se detuvo a la sombra de un pino, dejando la bicicleta del modo estándar de los pueblos, es decir, dejándola caer como un peso muerto con gran confianza en la resistencia del aluminio a los golpes. Con igual delicadeza dejo caer la caja en el suelo, que se quejo con bufido. Jorge miro la caja con odio y la dio una patada, mientras murmuraba para si “estúpido gato”. La caja contesto con un maudillo, mezcla dolor y desafío.

Si no fuera por ese estúpido gato de mierda…, el minino había entrado en la peña, mientras todos estaban tirados en las apestosas colchonetas hablando de chorradas y pasando la tarde aburriéndose. Fue idea de Paris coger el gato y hacer el reto. Así que cogieron las pajitas y se pusieron a repartir. Obviamente, a Jorge le toco las más pequeña. Estaba convencido de que la gordura tenía su propia gravedad que hacía que la mala suerte se sintiera irremediablemente atraída hacia ti. Así que aguantando las burlas de sus amigos, consiguió  meter al gato en la caja, una vieja, de madera, formada por listones que permitían ver el interior, con unas letras verdes desvaídas pintadas en un costado en el que apenas se entendía Tienda Marga. El fruto de sus esfuerzos era tres delgadas líneas rojas que recorrían su mano y le producían un escozor insoportable.

Le quedaban por recorrer aún dos docenas de metros por el pinar. Luego el camino mejoraba, transformándose en tierra compacta, para después atravesar el rio, llegando a los cultivos del otro lado. Pero esas dos docenas de metros le martilleaban en la frente. Para él atravesar el desierto del Goby y el pinar era lo mismo. Una hazaña estúpida y sinsentido. Respiro hondo, maldijo por enésima suerte el maldito hado que lo había colocado en esa posición, y se juro a si mismo que no continuaría, que se podrían ir París y esos paletos de mierda al cuerno. Así que cogió la bicicleta, agarró como pudo la caja rodeándola con su brazo derecho sujetándola contra su costado  y dio media vuelta. No había avanzado dos metros cuando volvió sobre sus propios surcos lanzando una sonora blasfemia, recién aprendida en el pueblo y que conseguía pronuncia casi con la misma mala leche que los nativos. Continuó avanzando por el pinar, maldiciéndose a si mismo por  tener tanto miedo a que le llamasen cobarde.

El cambio de la arena a la tierra, tras una agonía que le dejo al borde del colapso, le supuso tal alivio a sus doloridos músculos que empezó a pedalear más rápido, jadeando pero feliz al notar que la bicicleta cogía cada vez más velocidad sobre terreno firme. Parecía que le habían quitado dos toneladas de encima. Incluso gritó de alegría cuando cruzo el rio a todo velocidad aprovechando que el camino en ese punto era cuesta abajo, desplazando agua a ambos lados y disfrutando de las salpicaduras de agua sobre su cuerpo. Se sintió tan contento y tan ufano por su azaña que apenas reparo que ya había llegado a la cabaña.

Ahí estaba por fin. Enfrente suyo la cabaña, a su derecha campos y más campos de trigo y de cebada, a su izquierda olmos y pinos que bordeaban verdes el oscuro rio, y encima un enorme cielo azul sin iluminado por un sol aniquilante que resecaba la tierra, golpeaba la cabeza y formaba el acompañante perfecto al canto de los grillos.

No era realmente una cabaña. Era un cobertizo de adobe usado para guardar los aperos de labranza, posiblemente de más de cincuenta años y ya abandonado.

Pudo ser el efecto de los campos iluminados a excepción del cobertizo que se encontraba en la tiniebla más absoluta. Pudo ser la conciencia de que era el único ser humano en un radio de tres quilómetros (Para un chico criado y educado en una ciudad, esa ausencia de compañía humana es algo antinatural. Realmente es una sensación de pérdida). Pero la perspectiva de entrar en esa oscuridad solida que habitaba el chamizo le provocaba  un miedo cerval que empezaba a apoderarse del él, subiendo por su garganta como bilis negra, paralizándolo.

Lo realmente terrorífico de la sensación de soledad era que sentía que él era el único ser humano, pero no estaba solo.

Dejo la bicicleta con cuidado a un lado del camino. ¿A quién no quieres despertar, Jorge? Y avanzó despacio, con la caja entre los brazos. Debía dejar la caja dentro del cobertizo para contentar a los imbéciles de la peña y a si mismo, pero cuando estuvo a dos metros de su objetivo el terror le impidió dar un paso más. No era miedo normal, era un terror que evocaba a miedos ocultos que se ocultaban dentro de él como serpientes dentro de un cenagal. Dejo la caja en el suelo, y cayó en la cuenta de dos cosas. Una era que el gato estaba en silencio, con el pelo totalmente erizado, mirando fijamente a la cabaña y la segunda que su reloj casio, que llevaba en la muñeca derecha dado que tenia la izquierda rota cuando se lo regalaron, estaba apagado. Su padre le había colocado pilas de botón ayer. Soltó un sonido estrangulado, mezcla de gemido, grito y sollozo, dio media vuelta y corrió hacia la bicicleta. Cuando estaba montando oyó, sintió realmente, como algo se arrastraba por el polvo y tiraba de la caja hacia adentro. El gato empenzo a bufar y a maullar de terror, sonido que quedo bruscamente cortado por un gorgoteo húmedo. Después nada.

No miro atrás. Le resultó imposible. Si miras atrás puede que el depredador te alcanze.No volvió por donde había venido. Eso implicaba coger una desviación, y en el estado en que se encontraba  el instinto le decía que la línea recta era la manera más rápida de alejarse de lo que fuera. Así que  pedaleo y pedaleo por el camino que bordeaba los campos. No paró cuando llego a la carretera, no paró cuando cruzo el puente y no paró hasta llegar a su casa y tumbarse muerto de agotamiento y de sed en el banco que había debajo del viejo castaño de indias que había en el jardín de su casa. En silencio, pálido y sacudido por temblores.

Curiosamente, lo que poblaría sus pesadillas no sería ninguno de los hechos anteriormente mencionados, sino la voz ahogada que creyó intuir entre el gorgoteo surgido de los estertores del gato. Un susurro que se elevo por encima de los últimos ruidos que produjo el desafortunado animal. Una voz que aunque no igual, tenía exactamente el mismo tono que el que usaba su abuela.

“Gracias, niño”

Lo primero ,varias cosas de este relato son reales. El castaño de indias, el banco y el chamizo de adobe existen. Realmente no tenía doce años, si no diecinueve, y no había salido en bicicleta a cumplir un oscuro y diabólico reto para enfrentarme a una bruja, sino a correr solo, simplemente.  Pero la sensación de terror que sentí cuando me encontré frente a esa absoluta oscuridad fue muy real para mí. No olvidare jamás esa mezcla de sensaciones de soledad y miedo.

 Y por cierto, cuando tenía catorce años, yo y dos amigos del pueblo, un vasco y el hijo del dueño del bar, entramos en una casa abandonada (Nada de caserones góticos salidos de la mente de Bequer . Era simplemente una casa en obras al final de una calle. Creo que luego la terminaron, supongo ahora, cuando el propietario, el arquitecto y el contratista se pusieron de acuerdo sobre vaya a saber qué gilipolleces del precio). Recuerdo que  subimos hasta lo que sería el ático, disfrutando de la sensación de estar en un lugar prohibido, y el reloj casio sumergible que llevábamos todos, que en teoría aguantaba cien metros de profundidad, aunque yo solo puedo asegurar que aguanta dos, que era la zona onda de la piscina municipal, nos dejo de funcionar a todos a la vez. Salimos por patas, mitad acojonados, mitad entusiasmados  por ser protagonistas de un cuento de fantasmas. Bastante cutre, cierto,  dudo que Stoker o Lovecraft se molestasen en escribir nada sobre eso, pero en aquellos tiempo no los conocía y lo que pudieran opinar al respecto me la sudaba. Bendita inocencia.

Gracias AK

(http://palmeraquesedoblaperoaguantaelhuracan.blogspot.com/2011/06/pique.html)

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comentarios
  1. Ak dice:

    ¡Enorme muchacho! Da gusto contigo, joder que sí.

    Por cierto, me encanta esta frase del relato: “maldiciéndose a si mismo por ser tener tanto miedo de que le llamasen cobarde” Cojonuda

  2. Herep dice:

    Buenas Isismoking,

    Que bueno el relato, figura… que bien ambientado… si te pasó algo parecido, has hecho que me acojone yo ahora, tío… sin compasión con el gato, eh!…
    “Si miras atrás puede que el depredador te alcance”… genial.

    Un saludo, grande.

  3. isismoking dice:

    A tras en vez de atrás, si es que con razón el cura que me daba lengua se desquiciaba conmigo… gracias por la corrección y encantado de que te haya gustado.

    Creo que la siguiente entrada tratará de como mi autocorrector de Word a tomado consciencia de si mismo como Skynet o HAL y a decidido hacerme quedar como un capullo analfabeto (Ahora mismo me da error y me sugiere que ponga alfabeto, toma ya).

    Un abrazo Herep.

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