La Cuesta de Alcazarén

Publicado: julio 4, 2011 en Biografía, Experiencias y Recuerdos.

 

Hoy he visto pasar a un chaval en bicicleta, con todo el equipo de protección anticaidas. Coderas, rodilleras, muñequeras y casco. Le faltaba un escudo y una lanza para ser la versión futurista y ecologista de ser Lancelot. (los caballos contaminan, quien no lo sepa es que no ha visto el rastro de mierda que dejan).

Si en mi tierna infancia se me ocurre aparecer en la piscina del pueblo donde iba a veranear de semejante guisa, creo que lo de menos hubieran sido las burlas. Lo de más hubieran sido las piedras que me hubieran lanzado exultantes los nativos por ir vestido de marciano. Así que tanto yo como mis padres pasábamos bastante de esas mandangas. Tengo ciertas cicatrices en las rodillas que posiblemente se hubieran evitado si hubiera llevado rodilleras, aunque no es mal recordatorio para un chaval de doce años que esta vida es muy perra, y que por muy chulo que vayas, siempre hay un bache en el camino que no te esperas para acto seguido encontrarte en el suelo con cara de gilipollas preguntándote qué coño te ha pasado.

Y por lo tanto, dado que los riesgos principales eran recibir una pedrada en un ojo o el ser aplastado por un tráiler (Redios, que monstruos, y pasaban continuamente ¡por un pueblo que tenia menos habitantes que el que aparece en Sin Perdón!), nunca lleve la armadura y aquí sigo. Y para subir la cuesta de Alcazarén hubiera sido un engorro.

Mi pueblo, como buen y diminuto pueblo castellano,  esta incrustado en un valle, rodeado de montes y con un rio al lado. Una de las salidas del pueblo, la que iba a dirección Alcazaren, la carretera del  sur, subía por uno de los montes. Y la subía a saco. Parecía un puerto de montaña en miniatura. Y nosotros, insuflados por el espíritu del tour que nunca veíamos, lo subíamos con nuestro par de huevos, a las cuatro y media de la tarde. Al principio acababa reventado, hasta que pille el truco de pegarme a la rueda de uno de los chavales de por allí que parecía Hulk en miniatura. Dios mío, que orgullo sentí cuando una vez conseguí quedar el segundo (Dado que éramos un grupo de unos diez chavales, como no podía ser de otro modo, competíamos por cualquier gilipollez. Entre otros grandes éxitos, recuerdo las siguientes competiciones: “ el de a ver quien tiene mas pelos en los huevos” (tercero), “lanzamiento de flash sabor fresa” (Daban puntos extra si golpeabas a alguien en el proceso, ultimo, se me daba como el culo), “quien era mejor al street fighter” ( primero, en el apoteósico momento en que conseguí pasármela con cinco duros, con Blanca era insuperable), y al futbolín o como lo llamábamos, “el futbolo” (regulero, como defensa no era malo, aunque iba por días. Y me toco pasar por debajo del futbolín alguna vez).

Volviendo a la cuesta, nada más jodido que correr solo, descubrí, ya que  si pillas a alguien que marque el ritmo por delante tuyo, tienes el cincuenta por ciento hecho.

¿Y por que leches subíamos esa cuesta? ¿Por el reto físico? ¿Cómo metáfora de la necesidad del hombre de romper barreras? ¿Cómo ritual de abandono de la niñez?

La subíamos para bajarla a toda hostia. Punto.

Era la leche. Para empezar, cogías tales velocidades que llegabas a sospechar seriamente que la bicicleta no aguantaría, que cogerías una curva mal y acabarías surcando los aires como en E. T. Aunque en este caso sin marciano y blasfemando en arameo. Aun recuerdo el puntazo de adrenalina, la sensación de victoria sobre esa puta cuesta, que antes se había mostrado cruel y burlona ante el desgarrador dolor que sentías en los muslos y en esos momentos parecía hecha de seda. Una alfombra mágica que te impulsaba más y más rápido hacia una de las felicidades más tontas y plenas que he sentido jamás.

En una de las bajadas casi desgracio a uno de mis colegas. Un chaval que no pasaría de los cuarenta quilos, Pedrito. Yo llevaba una gorra de beisbol de los Red Sox (No era estilismo, era supervivencia, si no llevabas la cabeza tapada acababas con la mollera hirviendo). No debía tenerla bien sujeta, ya que en el momento cumbre de la bajada, empezó a elevarse grácilmente de mi cabeza, siguiendo los mismos principios físicos que hacen a los aviones volar. El caso es que salió disparada, con tan mala suerte que impacto en la cabeza de Pedrito que venía detrás de mí. Lo único que recuerdo es el grito de “¡Isi, cabrón!” Seguido de un “argggghhhh” y del sonido que hace una bici y un chaval dándose la hostia padre.

Mi profesor de lengua, José Antonio o el caqui, nos dijo que la gente de pueblo es la más noble que hay. No se lo discuto. Pero yo se la complemento. La más noble y las más cabrona. Todos sin excepción, no nos acercamos al caído para reconfortarle. Fuimos a que nos diera el mayor ataque de risa de la historia. Pedrito se puso a llorar y se abrazó a uno de mis amigos, creo que David, un madrileño más largo que un día sin pan. Aun recuerdo la frase reconfortante que le soltó David: “Vaya hostia que te has metido Pedro.” Luego a los cinco minutos lo olvidamos todo y nos fuimos a hacer el capullo a casa de alguno.

Siete veces abajo, ocho veces arriba, como dicen los japos, ¿Eh, Pedro?

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comentarios
  1. Herep dice:

    ¡Vaya recuerdos de la infancia, eh! Muchas tardes, con los amigos, imaginámos cuántos libros pordríamos escribir tan sólo con vivencias y jaranas varias…
    Eran otros tiempos y, si quieres que te diga la verdad, mejores… no porque fueramos más jóvenes sino, simplemente, porque eramos (todo el mundo) más inocentes.

    Ahora, si bajando la cuesta de Alcazarén te la pegas, posiblemente te pase un camión por encima pensando que eres una banda rugosa.

    Un saludo, Indurain.

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