La Batalla de Cabezón.

Publicado: julio 6, 2011 en Relatos

Ante la noticia de la posible llegada del ejército francés, el 21 de mayo de 1808 acudió a la Plaza Mayor gran numero de gente pidiendo el alistamiento general forzoso, la entrega de armas y un jefe a cuyas órdenes luchar. El capitán general Gregorio de la Cuesta, en un principio no se mostró muy propicio. El día 10 de junio ya estaban acampados entre Cigales y Cabezón 6.000 hombres armados. Formaba la fuerza el regimiento de Caballería de la Reina, un escuadrón de guardias de Corps, los cadetes de Artillería de Segovia, los estudiantes de la Universidad, paisanos con trescientos caballos y cuatro cañones al mando del general Cuesta.
Se presentó a su vista el ejército francés el día 12 de junio, Domingo de la Trinidad, compuesto por más de diez mil hombres con cerca de dos mil de caballería y 15 piezas de artillería, comandados por los generales Lassalle y Merle, dio batalla a los valientes e inexpertos vallisoletanos, a quienes en tres horas de rudo y desigual combate fueron completamente destrozados, con muy pocas pérdidas por parte de los invasores. Al intentar replegarse por el puente de Cabezón se produjo una confusión entre el inexperto paisanaje y todos se agolparon en el estrecho paso, pereciendo muchos sofocados y no pocos se ahogaron el Pisuerga al intentar atravesarlo a nado.
Valga este relato de homenaje a los paisanos míos que lucharon con dos cojones sin esperanza.

El chico, recién entrado en la veintena, me mira con ojos tristes, mientras el Pisuerga pasa perezoso bajo un sol radiante, flanqueado por una arboleda.

-¿Fue aquí?- le pregunto.

Asiente  con la cabeza y desvía su mirada, con la vista perdida en los campos que hay enfrente nuestro, sentado, abrazándose sus rodillas. Sus ropas no son más que unas prendas marrones raídas, que apenas cubren una camisola blanca. Harapos del siglo XIX, que contrastan con mi camiseta y mis vaqueros.

-¿Por qué lo hiciste?-pregunto yo de nuevo.

-Ellos violaron a mi hermana. Quería vengarme. Y eran extranjeros.

Eso lo pude entender. Venganza. Ojo por ojo. Quizás sea por ser hijo de mi época, pero el patriotismo es un concepto que jamás pude comprender. Me gustaba la cita de aquel capullo escocés, la del patriotismo es el último refugio de los canallas. Cada vez que ponía la televisión y veía hablar a ese atajo de servidores de la cosa pública hablar de nación, era lo que se me venía a la cabeza.

-También luchaba por España y por nuestro Rey.

Redios. Pues menudo rey. Un bufón que le lamia las botas al jefe de los invasores y le felicitaba por sus victorias sobre los rebeldes. No tenemos remedio.

-¿Cómo fue?-vuelvo a preguntar.

Señala el puente que tenemos enfrente, a una docena de metros. En este momento el sol pega fuerte, así  que busco refugio bajo la sombra de un  árbol, sentándome también. A él no parece molestarle el sol.

-Éramos unos cinco mil-me contesta-  Salvo los guardias de corps y el regimiento de caballería de la reina, el resto éramos milicianos y cadetes.

-Y tú eras…

-Estudiante en la Facultad. Derecho. Nos juntamos la mayoría de los estudiantes, de Derecho, de Medicina, de Teología. No soportamos más la mierda que nos estaban haciendo tragar y nos reunimos en la Plaza Mayor exigiendo armas y un general para expulsar al Invasor.

Joder. ¿Yo qué coño hubiera hecho? ¿Me hubiera ido con ellos? ¿Me hubiera quedado en casa?

¿Qué hubiera sido lo más inteligente, Dios mío?

-Nos distribuimos  entre Cigales y el puente- Continua él mientras vuelve a señalar con su mano. Me doy cuenta de que esta tiznada de pólvora- El ejército francés estaba cerca de donde estamos nosotros sentados. Muchísimos hombres, uniformes azules y blancos. Disciplinados. También muchos jinetes. Recuerdo que me asusté. Nunca había visto tantos caballos juntos, moviéndose al unísono. Nosotros teníamos pocos. Estábamos locos. Les íbamos a hacer pagar. Enemigos de España. Enemigos de Dios. Cruzamos el puente.

Hasta yo, cuya cultura estratégica se basa en los simuladores de guerra y unas cuantas novelas históricas, sé que si tu ejército es el más reducido y el menos experto, debes quedarte detrás del puente y aguantar como puedas al atacante mientras le lanzas todo lo que tengas, sobretodo tirar de la  metralla de los cañones, aprovechando el apiñamiento que por narices tiene que haber cuando el enemigo lo cruce. Pero nunca cruzarle tu.

Por eso deje de jugar a esos juegos. No me gusta ser un general, ni siquiera en la realidad virtual. No dejo de mirar ese puñado de pixeles e imaginarme que tienen una historia detrás. Hijos, novias y madres. Es una gilipollez como un templo, lo sé. Lo raro es que nunca me ha pasado con el resto de juegos.

-Nos distribuimos en formación, con los sargentos entre nosotros para guiarnos y la caballería nuestra en el flanco-Continua él, ajeno a mis divagaciones- Recuerdo el sonido de los cañones al disparar. El ruido más fuerte que he escuchado nunca, antes y después. También recuerdo los gritos de los sargentos. Cargar y disparar. Cargar y disparar. Tambores. El sonido de las balas impactando en la carne, chac, chac, matando a amigos míos. Vecinos. Mi primo. Les hacían unos agujeros del tamaño de un puño. Nosotros disparábamos sin orden, cada uno a lo suyo. Ellos no. Ellos eran ordenados. Recuerdo el sabor de la pólvora. Recuerdo que me emborrache por ello. Que los ojos me escocían. Que no se veía nada. Todo era una niebla blanquecina y grisácea. Solo ruido. Y miedo.

Hace una pausa. Ambos miramos el rio. Después de lo que me parece una eternidad, continua hablando.

-Nuestros caballos se asustaron. Los jinetes no los dominaron. Salieron corriendo hacia el puente. Los soldados también. Nosotros, los estudiantes, aguantamos. Ese es nuestro orgullo. Antes y después. Prudencio gritaba. Nos dábamos ánimos. José empezó a gritar los primeros versos de la Ilíada.

-Canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves.

Nada más que acabo de recitarlo me siento completamente imbécil.

Se gira y me mira. Tiene los ojos negros como yo. Sigue teniendo la mirada triste.

-No era la cólera del pélida. Era la nuestra.  José no llegó a terminar el verso. Cuando llegó a la parte del hades, una bala le arranco la mandíbula.

Joder.

-Luego no hubo cantos. Sí gritos. Cargaron con su caballería. Nos arrollaron. Unos murieron aplastados bajo los cascos de los caballos. Otros bajo los sables- Se toca distraído la brecha que cruza de parte a parte su cabeza- Otros se ahogaron intentando huir- Vuelve a señalar el rio- Luis se ahogó.

Hay una forma grisácea en el rio que flota perezosamente. Alza la cabeza y me mira. Aparto la mirada.

Sigue mirándome. No es una mirada terrorífica. Es triste. E inquisitiva.

-¿Eres capaz de entenderlo?-me pregunta.

-No-respondo.

-Cierto. No lo eres.

El campo se empieza a llenar de figuras grises. Unas en el rio, otras en el puente, otras en la carretera. Parecen indiferentes al tráfico o a la gente del pueblo de Cabezón que pasea por la calle. Hora de la última pregunta. Iba a preguntarle cómo se llama, pero creo que ya lo sé. Le hago otra.

-¿Cómo es la muerte?

-No hay respuestas.

Me levanto, farfullo una despedida y me dirijo a paso rápido hacia la casa de un amigo. Antes de que todo se desvanezca, aun tengo tiempo de escuchar su frase de despedida.

-Pero eso no significa que no puedas aprender.

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