Despachos de Guerra, de Michael Herr

Publicado: septiembre 12, 2011 en Libros

Me encanta la guerra de Vietnam. No sé porqué. Supongo porque el Imperio fue derrotado. Todos somos derrotados. Porque fue una guerra surrealista. Porque parte de los veteranos volvieron locos. Por la frase que le dice el padre de Moss al Sheriff Bell en No país para viejos :”No se puede ir a la guerra sin Dios. Tanto daría que fueran sin fusiles”. Por las películas, por Sheen, padre e hijo, Marlon Brandon, Duvall y el semi desconocido reparto de la Chaqueta Metálica

Lo jodido es que la guerra de Vietnam era ya una guerra cinematográfica décadas antes de que se estrenaran Apocalipsis Now, la Chaqueta Metálica o Platoon. Les costó estrenarlas, eso sí, o tuvo que pasar el tiempo hasta que alguien tuviera huevos a hacer una película sobre las toneladas de mierda que allí cayeron. Creo que nunca llegaremos a entender como afecto a la psique colectiva estadunidense esa derrota. Hacer películas de la segunda guerra mundial esta chupado. Nunca Estados unidos ha tenido tan claro su papel de salvador del mundo occidental como en Europa. El bien frente al mal. Blanco contra negro. Democracia contra dictadura genocida. En Vietnam se les jodió el invento enfrentándose a la jodida escala de grises. Aunque cuando lo hicieron, lo hicieron a lo grande, cierto es. Michel Herr lo hizo.

Michael Herr, el autor del libro, cuenta que los soldados hablaban de lo poco que les gustaba la “película” de Vietnam. Criados en una cultura de cine y televisión, machacados durante años por películas bélicas, algunos de ellos, aun después de las primeras escaramuzas, se lo montaban de tal manera que actuaban ante las cámaras. Hasta el propio Herr reconoce que en sus primeros combates no se sintió especialmente mal. Era las mismas cosas que había visto en televisión, trasladadas a otro medio. Luego se dio cuenta que había escenas sin cortes ni montajes, y que los muertos no eran actores.

Este libro es el germen o el génesis de las obras maestras de Kubrick y Coppola. Todo se encuentra en este libro: El soldado con el símbolo de la paz en forma de chapa en el casco al lado de la inscripción que dice: Born to kill. El ametrallador del helicóptero Huey que es cojonudo, que lleva ciento cincuenta caras amarillas, todas con certificado, incluyendo mujeres y niños, solo hay que apuntar un poco mejor. Los ataques de helicópteros artillados. El olor del Napalm por la mañana, oliendo a victoria. El hermano negro que hace un tiro perfecto con un lanzagranadas M 70 reventando a un vietcong malherido. Los adictos al combate que hacen su tercer servicio porque se enganchan a dispara y a que los disparen, deseando ire a casa cuando están en Vietnam y deseando estar en Vietnam cuando están en casa. No por nada Michael Herr fue el guionista de Kubrick

Y cosas más jodidas que no aparecieron en las películas. Todas absolutamente reales. Un ejemplo, Herr te cuenta como en todo pelotón había un afortunado, alguien mágico, tocado por la suerte, el destino o dios, inmune a la muerte. El conoció a uno. Su mujer le había enviado una carta diciéndole que le dejaba y que estaba embarazada de su mejor amigo. El sonrió y dijo que pronto le darían una licencia para volver a casa. Sus compañeros le contestaron que solo te la daban una licencia cuando fallecía un ser querido. El sonrió aun más y dijo que cuando el volviera no habría uno, habría dos. Todos tenían tan claro que iba a volver a casa a liarla (Algo tan horrible tiene que ser inevitable) que había palos para compartir con él la casamata. Ningún proyectil de mortero o rifle iba a impedir que ese tío la montase parda en su pueblo de mierda de Minnesota. Siempre buscando reglas al absurdo, al fin y al cabo.

Me gusta el libro porque el tío lo escribió con sus tripas. No estuvo tres días en un hotel de Saigón  para luego escribir un sesudo libro explicando porque odia la guerra más de lo que tú y yo podríamos odiar nunca, dado que no somos finos y humanistas intelectuales. El tío se mete directo al fregado. Primera linea de fuego, con los sufridos marines. Algunos le odian, porque está ahí sin que nadie le obligue. La locura última. Pero la mayoría le quieren. Raciones, tabaco, mantas, todo para él. Le cuidan, le protegen. Gestos de ternura por parte de unos despiadados asesinos. Chicos normales en su mayoría metidos en una movida incomprensible, que saben que cuando todo se va a la mierda, no hay reglas. O estas están muy difusas. El mismo, cuando no le queda más  remedio, combate.  Creo que es absolutamente cierto porque apenas habla de ello en el libro. Solamente comenta como de pasada que en la ofensiva del Tet un sargento le pasó un M16 mientras le preguntaba si sabia usarlo y él contestó afirmativamente.

Nada más.

Acojona cuando te cuenta sus sueños cuando vuelve a casa. Herr se paso una temporada convencido de que por las noches, su cuarto estaba lleno de marines muertos. No sentía terror. Simplemente encendía la luz y un pitillo y pensaba que tendría que buscar mantas para taparlos. No los iba a dejar así, por Dios.

Finalmente dejo de tener esas pesadillas. Y él dice que no eran de las peores de las que había oído hablar.

Lo mejor del libro, su compañero Page, corresponsal de guerra. El jodido Page. Veintitrés años, ingles, absolutamente chiflado. Creador de la frase que posteriormente inmortalizaría Kubrick de manos de cowboy:” Hola niña buena, yo también soy un niño bueno”. Se metía en todos los fregados.  Adicto al combate y enamorado de Vietnam. Casi le revientan cuando descendió de un helicóptero junto a un sargento para ayudar a unos heridos en combate. El sargento pisó una mina, que le arranco las piernas y a Page le clavo un fragmento de cinco centímetros de metal en la cabeza encima del ojo izquierdo. Sobrevivió, ni los médicos se explicaban cómo. Cuando le hicieron una fiesta de retiro, Page, en su silla de ruedas, colocadísimo, le hablaba  Herr de que le habían encargado un libro cuyo título seria “Acabemos con la guerra”. Page se descojonaba diciendo que el editor era imbécil. Quitarle el encanto a la guerra es como intentar  quitárselo al sexo.

“Vaya idea-dijo después-¡Que risa! ¡Quitarle su jodido encanto a la jodida guerra!

Anuncios
comentarios
  1. Ak dice:

    Sin duda alguna me alegro de haberte dejado el libro de Sabiano, no hay nada como descubrir un libro a través de otro y encima que te chifle como te chifla éste en concreto.

  2. Herep dice:

    Isis,

    Siempre pensé que las guerras son luchas de fe… donde las partes tienen que estar comprometidas con aquello que defienden… y, en Vietnam, la cosa no iba por ese camino.

    Quizás es por eso por lo que se ha escrito tanto y se sabe tanto de ella… y ha pasado a ser otra de mis aficiones, sobretodo desde que, pequeño, cayeron en mis manos unos cómics titulados “NAM”…

    Del libro que escribes, había escuchado alguna crítica… pero has vuelto a despertar mi curiosidad.
    Gracias a ti, mi lista de “libros por leer” no deja de aumentar…buff…

    Un abrazo y que pases un buen fin de semana.

  3. isismoking dice:

    Creo que los vietnamitas se la jugaron a todos: Chinos, yankis, rusos, franceses… Lo tenían claro y lo acabaron consiguiendo.

    Un abrazo Herep, e hincale el diente cuando puedas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s