Algola

Publicado: enero 29, 2012 en Relatos

Es dificilísimo romper el hielo con una chica preciosa que no conoces de nada. Ese sentimiento de vergüenza y pánico atroz que te impide hacer algo tan sencillo como acercarte a un ser humano y hablar, posiblemente sea un remanente arcaico de la época en que la raza humana estaba diseminada en una docena de tribus, y cualquier acercamiento frustrado a una hembra de otra tribu podía tener como resultado que tus sesos acabasen esparcidos por la sabana por obra u gracia de un hacha de sílex. Como a la genética le cuesta cambiar de costumbres que es una barbaridad, y a la evolución  le importa un comino el individuo en concreto y los modelos de comportamiento obsoletos, Diego se encontraba prácticamente paralizado sentado en un banco del Campo Grande, una hermosa y soleada tarde de julio, escudado en su novela, mientras miraba de reojo a la diva rubia y exuberante que leía concentrada una de las novelas de crepúsculo, sentada en el banco de enfrente. Con ojo experto, la catalogó como “romántica”. Tomando aire repetidas veces e intentando obviar el hecho de que iba sin peinar, sin duchar y con una mancha de comida en su camisa blanca, se levantó y se aproximó a la chica.

La luz del atardecer le robaba destellos dorados a su melena rubia, mientras un pavo real se movía perezoso a sus pies. Iba vestida con un sencillo vestido blanco de verano que no podía ocultar una figura esplendida.  Diego flaqueo a mitad de su camino. La hermosura de la imagen le hacía sentirse como un sátiro voyeur que observara escondido entre los arbustos a una ninfa bañándose en un estanque. En resumen, le hacía sentirse como un gilipollas insignificante. Pero la fortuna sonríe a los valientes.

-Hola.

Desde luego que no era una entrada brillante, pero curiosamente, solia ser efectiva. Siempre y cuando lograras trasmitir seguridad en si mismo, y no parecer un salido desesperado y babeante. Cosa difícil visto el escote del vestido de la chica.

– Me llamo Diego.

Una mirada desconfiada se alzó desde las páginas del libro de Crepúsculo, y Diego notó como todo su ser se desintegraba ante unos gélidos ojos grises.

Luego ese hielo se quebró en una sonrisa.

-Hola.

Perfecto, no le había mandado a la mierda directamente. Ahora lo importante era continuar con la conversación, durante unos diez minutos, para luego continuar con el resto de trucos aprendidos.

-¿Te apetece venirte a mi casa?

Como truco era cuanto menos extraño. Se suponía que primero la chica se mostraría extrañada ante esa barbaridad, luego relajada cuando Diego cambiase de tema repentinamente y empezase una conversación absolutamente normal, que quedaría rematada cuando se la llevase a tomar algo. Poco a poco, la chica, ante la aparición de un extraño que actuaba de manera tan imprevisible, se iría excitando hasta que las cosas cayeran por su propio peso. Se preparó mentalmente para la respuesta extrañada de la chica.

No ocurrió nada parecido. La chica continúo mirándole mientras sonreía. Luego habló:

-¿No quieres saber primero mi nombre, hombre?

-¿Claro, cómo te llamas?

-Algola

– Es un nombre… llamativo.

-Es un nombre del sur. Como yo.

-¿Andaluza?

-Más al sur.

-No pareces…

-¿Quieres acompañarme a un sitio?

Algunos días, no muchos, la suerte te acompaña, pensó Diego.

A cada momento que pasaba, se sentía más excitado. Forcejeo con su ropa y con el vestido de la chica, levantándoselo por encima de sus finos brazos, mientras se besaban, el con pasión, ella con algo parecido al hambre. Ya se había formado un pequeño montón de ropa a sus pies, y ahora se dirigían tambaleantes hacia la cama. Cayó sobre ella, y continúo con el forcejeo. Ella lo tenía asido con una fuerza sorprendente en alguien tan menudo. Intento aparatarla de si para poder apreciarla desnuda, ya que a pesar de estar semidesnudos no había tenido oportunidad de apreciarla, y la chica sin ropa prometía. Realmente apenas había tenido tiempo de mirar siquiera la habitación del hostal en que se encontraban (Paredes blancas, un televisor encima de un mueble, una mesilla, una puerta que conducía a un minúsculo baño, todo ello apenas entrevisto, dado que la chica se lanzo sobre el nada más traspasar el umbral). Había sido idea de ella, ¿Alguna? No, Algola. Un nombre horrible, todo lo contrario que su propietaria. Todo había sido rapidísimo, el viaje en moto, el pago por adelantado a la siniestra mora tuerta que parecía llevar el hostal desde el recibidor. Ahora los besos y las caricias. Haciendo un esfuerzo supremo,  apartó la cabeza de los labios de la chica, se deshizo  de sus manos que le presionaban la nuca, y consiguió alzarse a trompicones de la cama, en ropa interior y calcetines.

Y ahí estaba, con el sujetador medio caído, las bragas aun puestas, las piernas perfectas, largas y pálidas como la leche. Tenía los tobillos finos.

No, tenía un tobillo fino. El otro era una monstruosidad de callos y pelos que acababa en una pezuña con garras de aspecto cruel.

Lo primero que pensó es que era una deformidad congénita. Por eso quería ir tan rápido, antes de que él se diera cuenta de nada. Logró apartar la mirada de su deformidad y se enfrento a la chica.

Sonreía. No era una sonrisa de disculpa. Sonreía como una gata. Sonreía como un animal.

La absoluta falta de vergüenza de la chica por su deformidad  lo aterró.

No llego a pronunciar la frase de disculpa que en ese momento pugnaba por salir de sus labios para acto seguido recoger la ropa y salir a la calle hechando leches antes de vomitar su comida. La chica salto de la cama, enlazó sus piernas alrededor de su cintura, y le desgarró la carótida de un solo mordisco.

La sangre manchó buena parte de la cama y de la pared de enfrente. Intento gritar una protesta, pero Algola le desgarró la tráquea con sus finas  manos. Luego se desasió de él para sentarse tranquilamente en la cama a observar cómo se asfixiaba en su propia sangre fumando un cigarrillo que extrajo de su bolso..

Cinco minutos después, cuando Diego murió, Algola empezó a devorar su cadáver. Fue rápida y meticulosa, comiendo las mejores vísceras y la carne de las nalgas y el muslo, ayudada de un cuchillo afilado y con la seguridad que da la experiencia. Recordó guardar el hígado para la casera. Media hora después, tambaleándose ligeramente y con una cálida sensación de pesadez en el estomago, abandonó el hostal dejando que Sharima, la propietaria tuerta, se encargara de deshacerse de los restos de Diego y diera buena cuenta de su hígado como pago por sus servicios.

Y así, ahíta y satisfecha, Algola caminó por la calle, una chica preciosa bajo el brillante sol de Julio.

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comentarios
  1. Ak dice:

    Extraño relato. Fascinante al mismo tiempo. Diego debió en su momento de sospechar sobre lo que le fue dado tan fácilmente. Pero como dijo uno, la ratonera no funciona si al ratón no le gusta el queso, ¿y a qué hombre cabal no le gustaría Algola?

  2. isismoking dice:

    Gracias por el comment, AK. Tranqui, todo se explica en siguientes entregas. Por cierto, ponte con lo de napoles!

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