Martín y Algola.

Publicado: marzo 5, 2012 en Relatos

En esta ciudad hace un frio de mil demonios. Días grises con cielos grises, con una molesta aguanieve y un viento gélido que hace que se hiele la punta de tu nariz y las manos. Claro podría llevar guantes, pero seamos sinceros, es imposible fumar con ellos.

Me aburro, y tengo ganas de jugar un rato.

Camino por la calle Santiago, hechándole un vistazo distraído a los escaparates y a las librerías. Sigo por Mantería. Elegantes edificios decimonónicos, pertenecientes a la floreciente burguesía castellana del siglo XIX. Pienso en el origen de estos edificios, una de las zonas más elegantes de la ciudad.

Deberíamos tener un monumento dedicado a  Mensikhov y a los zares, junto al de Jose Zorrilla  para agradecérselo.  Los ruskis se lían la manta a la cabeza, le exigen al Sultán de Turquía mayores prerrogativas para proteger a los cristianos ortodoxos en territorio otomano. De paso, conseguir el accesos a los pasos del Bósforo  y de los Dárdanos para que la estupenda flota rusa creado por Pedro el grande tenga lugares donde solazarse y convertirse en potencia marítima. Inglaterra que se llama a altana y se lía la guerra de Crimea. Crimea, península conocida como el granero de Europa. Obviamente, debido a los zambombazos, las cargas de Caballería y las tropas de infantería arrastrándose de una trinchera a otra, ya no hay cosechas. Casi no hay oferta de trigo para las bocas europeas, y los castellanos decidimos forrarnos vendiendo nuestros excedentes a un precio disparado. Efecto mariposa.

Sonrió cínicamente. Conocí a un veterano de la guerra de Crimea. Ingles, un tío simpático y bebedor. La gloriosa batalla de Valaclava. Dos regimientos de caballería cargando heroicamente contra una batería de artillería rusa a campo descubierto. Fucking Sith. Nuestro comandante, un niñato que compró el cargo de coronel, se lió con las ordenes. Teníamos que atacar otra posición artillera. No esa. Era un maldito suicidio. Pero asi son las cosas. Rule britian.

Decido homenajear a esos valientes. Una pinta de voldamm y The trooper en mis casocos.

Ah ese espectacular inicio.

Doy tres sorbos a mi cerveza, apoyado en la mesa que esta cafetería tiene fuera, intentando calentarme los huesos con el calefactor, detalle dado a los irredentos adictos a la nicotina para que no mueran de hipotermia. Vida sana, muere sano.

You take mi life, but i take you too, oooh ohhhh, ooohhh, ohhhh

Voy a dar otro sorbo a mi cerveza cuando algo me detiene. Un olor. Pelaje mojado. Sangre. Carroña. Depredador. Apesta.

Una hermosa chica rubia, con un parka de plumas y unos vaqueros se encuentra a mi lado. Me sonríe. Me pide fuego. Tiene una sonrisa preciosa. Tirita bajo el frio. Dan ganas de abrazarla. Dan ganas de follarla, de jurarle amor eterno.

Si no fuera por ese olor. Aunque tengo que reconocerlo, es buena. Ni dos segundos y ya tengo una dolorosa erección apretándose contra mis pantalones. Pero recuerdo una valiosa frase: El pene es un valioso accionista de tu empresa, pero el presidente de la empresa es tu cerebro, así que paso cortó y vista larga.

Hablamos del frio, de la ley antitabaco, de nuestras vidas. Es buena, muy buena. Esa manera de apartarse el pelo rubio de la cara, exponiéndose como una novia virginal quitándose el velo, esa manera de agarrarse a tu antebrazo. Esa boca. Esos ojos.

Fijate en los ojos. Los ojos no mienten.

Esos ojos tienen hambre.

Me dice su nombre. Algola. Tiene gracia que se llame asi. Aunque dudo mucho que alguien se haya leído las mil y una noches hoy en día.

La sigo el juego. Qué coño, yo también tengo ganas de jugar.

-Realmente no soy de aquí, soy del sur, dice ella.

-De muy al sur, contesto yo.

Continuamos con la conversación. Santa madre de Dios, tengo que hacer auténticos esfuerzos por no echar la cabeza hacia atrás cuando me habla. Huele a muerte.

Después de unos cinco minutos de conversación banal, pasa a contarme su vida: Estudiante de filología hispánica, becada, vive en un pequeño hostal del centro, al lado de la Facultad de Derecho, hasta que encuentre piso compartido. Me invita a su habitación, a enseñarme unos libros suyos y a fumar algo de hierba.

Acepto.

Tardamos diez minutos en llegar a pie, con ella agarrada a mi brazo, rozándolo accidentalmente con sus pechos, mientras ríe y me explica que nunca se acostumbrará al frio de esta ciudad. Mirando de reojo por los escaparates me doy cuenta de que mueve el culo como una profesional, algo que a pesar de todas las circunstancias es de agradecer  en esta sociedad marimachorra antitabaquista que nos rige.

Llegamos a su hostal, en una calle céntrica con vistas a la catedral. Esta vacio, solo una mora tuerta en el recibidor. Su único ojo destella bajo las luces alógenas. Nos sigue con la mirada mientras subimos la habitación.

Entramos en ella, y acto seguido se tiende sobre la cama, culo en pompa, mientras revuelve debajo de la cama para sacar un talego de hierba. Dios, a pesar del olor, a pesar de todo, tengo que hacer auténticos esfuerzos por controlarme y no abalanzarme sobre ella. Un buen momento para sentarme, cruzar las piernas y fumar. Observo distraído la habitación, sin perder de vista de reojo a Algola. Decido empezar a mover ficha.

-¿Perdona, como era tu nombre exactamente?.

-Algola, dice mientras continua removiendo debajo de la cama

-¿Gouleh?.

Para de revolver bajo la cama. Se tensa. Gira lentamente la cabeza.

-¿Cómo has dicho?

-Ah, perdona mi árabe.

Apago lentamente el cigarrillo en un cenicero, mirándola fijamente a los ojos. Saco un pequeño block y una pluma. Garabateo en él rápidamente en el. Arranco la hoja. Se la tiro.

-¿Se escribe así, verdad?

-“الغول”

Ella lo mira. Me mira a mi. Sonríe.

Tiene los dientes afilados. Cuando habla ya no tiene la voz de una preciosa muchacha de ventipocos años. Es un sonido raspado, grave, visceral.

-¿Quienes eres, hombre?

Me toca sonreir a mi.

-No soy hombre.

Me abalanzo antes que ella  con el bolígrafo aun en la mano. La tiendo encima de la cama, presionándola con el brazo izquierdo la garganta mientras que con el derecho acerco la pluma a escasos milímetros de su ojo. A esa distancia el olor que emite es brutal.

-Un solo movimiento y te clavo esto hasta tu cerebro. Muéstrate. Tu verdadera forma, no esta pantomima para engañar a los incautos.

Utiliza una buena táctica, se muestra aterrada. Durante un momento me hace dudar de si estoy cometiendo una cagada de tamaño épico.

Ella solo necesita ese segundo.

Noto un dolor lacerante en el muslo, donde las garras de su pie derecho me desgarran la carne. Grito de dolor, me alzo hacia atrás e intento apuñalarle en la cara, pero demasiado tarde, ya que solo consigo apuñalar la colcha. Antes de que me arranque la yugular con esos dientes, agito locamente la estilográfica delante mío para mantenerla alejada, mientras ruedo en la cama antes de caerme al suelo de culo. Mierda de Dios. La tengo encima, gritando como una arpía, una monstruosidad mezcla de chimpancé y de camello, surgida de las pesadillas febriles de algún niño aterrado de ocho años.. Si la doy un segundo estoy muerto. La golpeo en la cara con todas mis fuerzas. Se oye el crujido de su morro partiéndose. Me escabullo de debajo de ella, gateando y pateado como puedo. Consigo llegar hasta la mitad de la habitación, alzando patéticamente la estilográfica delante mío como un maestro de esgrima trasnochado. La pierna me arde. Ella se alza del suelo, con las rodillas de sus patas flexionadas en la dirección equivocada, como las de un antílope,  y sus garras extendidas hacia mí. Pelaje grueso, morro bestial del que sale un borboton de sangre,  Me observa, esperando el momento adecuado.

La pierna me falla y  caigo de rodillas al suelo.

Ella se abalanza. Ahora. Extiendo la estilográfica con todas las fuerzas, notando como su afilada punta atraviesa su duro pellejo y llega a su tierna carne. La fuerza del impacto de su cuerpo golpeando el mío me derriba al suelo. Caemos los dos, abrazados, como una parodia de amantes.

Y entonces ella me ve. Mi autentica forma. Y muere.

Con bastante esfuerzo, consigo retirar la estilográfica de su pecho, donde se había enterrado hasta su negro  corazón y  con un gesto de asco, me la quito de encima. Estoy mareado, la pierna me arde, creo que tengo dos nudillos rotos y tengo nauseas. Me reincorporo apoyándome en la  pierna buena, medio arrastrándome hacia la silla. Una vez que me siento en ella, intento gritar en voz alta mi exultación, mi dolor, mi victoria, pero lo único que consigo  es prenderme un cigarrillo, darle una calada y decir medio ahogado por las toses “a tomar por culo”.

Dios, estoy hecho un asco.

Apenas tengo dos minutos para recomponerme cuando oigo apresurados pasos por la escalera. La tuerta. Mierda. Me levanto y me fundo en las sombras.

Abre la puerta, atraviesa el umbral y se queda paralizada cuando observa el despojo sangriento que antaño era Algola. Justo en el momento en que empieza a dar media vuelta para huir, surjo silenciosamente detrás de ella, le hecho hacia atrás la cabeza  y le apoyo la estilográfica en la carótida.

-Un solo movimiento y te degüello como una puerca.

No se mueve, y simplemente se queda mirando a la lejanía, mientras la sujeto con fuerza. Intento ignorar la debilidad que siento mientras organizo mis pensamientos.

No apesta de la misma manera que Algola. Indudablemente es humana, aunque su olor es a algo viejo, viejo de siglos, como el olor que tiene una habitación cerrada durante años.

Señalo con la cabeza al cadáver que tenemos a nuestros pies.

-Es un error bastante común creer que los necrófagos habitan solamente en los cementerios. Les gusta la carroña, pero la carroña fresca. Es esta maldita nueva cultura, te crees que los necrófagos son tipejos grises que reúnen por manadas en torno a algún nigromante. Para nada, ¿verdad? Criaturas del desierto, que hacían que los viajeros se perdieran y murieran de sed o los mataban. Pero al ser metamorfos, descubrieron que era bastante más efectivo acudir a las ciudades y adoptar la forma de bellas señoritas dispuestas ha hacerte pasar la noche de tu vida. Si apelas a la lujuria y a la estupidez humana nunca fallas. Muchísimo mejor que esperar de tanto en cuanto que aparezca un beduino, un cruzado o un mercader y decirle, hey, vas por el camino erróneo…

Cambio el peso de la pierna, pero tengo que desistir, aun me duele demasiado. La agarro con mas fuerza, presionando la estilográfica hasta que obtengo una gota de sangre.

-Así que creo que ocurrió lo siguiente, la conociste en Mauritania, Túnez o algún puto agujero lleno de polvo en el sur, y esto-Escupo sobre el cadáver-… Algola, te dejo vivir, no te devoro, por un pacto. Tú la proporcionarías un buen refugio (creo que esta habitación esta prácticamente insonorizada y las ventanas polarizadas, ¿verdad?), te encargarías de limpiar su mierda, y a cambio ella te enseñaría como obtener  la inmortalidad. ¿Me equivoco? Algola, el necrófago, tú, su casera. Viajando de ciudad en ciudad, por los siglos de los siglos, alimentándoos de la tierna carne de los cristianos, esquivando a la muerte rodeándoos de ella.

Silencio. Me empieza hinchar los cojones. Asi que la hago un rápido corte en la mejilla antes de volver a apoyar la pluma en su carótida. Si presiono un poco más, morirá aquí desangrada, pero no es eso lo que quiero. Todavía no.

Ella capta el mensaje. Y empieza a hablar. Son frases atropelladas, mezclas de español, y dialectos norteafricanos

-La conocí en el desierto. Pero no nací en el desierto. Vosotros me exiliasteis. Yo nací en España. Y fuisteis vosotros, perros cristianos quienes me arrebatasteis mi hogar.

-¿La expulsión de los moriscos?

-Sí. Sin padre, solo con mi madre, tratados como objetos. Me escape de la nueva familia del marido de mi madre. La encontré en el desierto. La voluntad de alá. Decidí vengarme. Me alimentaria de vosotros y ella me ayudaría a cumplir mi venganza. Viajamos por las ciudades Soy la shadayinna, bruja del desierto, invocadora de bestias, señora de los muertos. No sabes lo que te ocurrirá por esto. Libérame.

La empujo contra la cama. Su puta historia de rencor histórico y venganza en los descendientes de sus enemigos me aburre soberanamente. Consiguió la  inmortalidad a cambio de canibalismo y de vender tu alma a una bestia maligna. El resto me sobra. Todos podemos contar historias tristes.

-MIRAME

Levanta la mirada. Y con su único ojo ya no ve a un hombre de estatura media, morena, de treinta y cinco años vestido con vaqueros y abrigo tres cuartos. Lo que ve es un fraile de dos metros, con la cogulla hechada sobre la cara, tapada por las sombras, al fondo de la cual brillan dos terroríficos ojos rojos.

Su miedo me alimenta. Su miedo me llena.

Las luces se apagan. La televisión cae. La cama se levanta como impulsada por un resorte, da la vuelta y la aplasta bajo el suelo, solo su  cabeza asomando bajo ella. Empieza a gritar de dolor y de pánico, sin poder apartar la mirada de mí. Muy posiblemente se haya roto la columna.

-Escuchame,puta. Me llaman Martin, Martinillo o Martinico. Duende, trasgo o demonio de Castilla. Me deleito en crear el caos haya donde paso, presto favores a quien lo merece, y señora, castigo a quien quiero.

Desde su incómoda posición, ya no ve a fraile gigantesco. Solo un enano chaparro de medio metro con una desaliñada túnica roja y la cara, una monstruosidad grotesca.

-Cuando tus padre no eran más que niños, a mí ya me temía, se me respetaba, se me alababa, por las dos malditas castillas. Encantando casas, castillos. Maldiciendo y bendiciendo a hidalgos y villanos por igual. No existía cerradura u oración que me echase. Perseguía doncellas, ayudando a quien quería y matando a quien me placía. Señora, yo me alimentaba de miedo, no de la carne de imbéciles.

Y ahora pienso quedar saciado.

Y paso el tiempo.

El cadáver del goul se pudrió en apenas dos horas. Solo quedaron unos restos inidentificables que la policía recogió.

.

De la puta tuerta no encontraron rastro. No al menos hasta dos meses después, en un pequeño campo a la altura de cabezón, donde encontraron los restos de una mujer de unos cincuenta años, parcialmente devorada por un depredador de gran tamaño, posiblemente lobos.

Me costó horrores transportar el roto cuerpo de la puta tuerta. Tuve que adoptar la forma de un buitre leonado, volar cerca de veinte quilómetros y dejarla a la puerta de la guarida de un lupino. No quedan muchos, aunque los desgarradores gritos de terror de la tuerta mientras era devorada fueron un buen pago a mis esfuerzos. Venganza. No fue la única que perdió a gente querida. Una de mis amadas fue vendida como esclava por una incursión morisca. Y yo no le vendí mi alma a un necrófago para lograr la inmortalidad alimentándome de incautos.

Y ese es el fin de la historia de Algola.  Tengo que reconocer que me divertí horrores.

Mi gente nació de vuestros sueños, de vuestras esperanzas de vuestros miedos. Somos tan reales como los sueños. E igual de peligrosos que una idea. Nunca ignoréis el poder de lo abstracto. Que sea intangible no quiere decir que sea irreal.

 

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comentarios
  1. Ak dice:

    Desvelas un misterio para acabar creando otro, cabrón. Consigues una lectura muy dinámica, Smoking.

    ¡Un abrazo!

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