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El trabajo, (contrato en prácticas, acabo este mes) aunque satisfactorio a varios niveles y muy beneficioso para mi formación, me está quemando. Empiezo a notar cierto cansancio y antipatía natural hacia la gente que viene a reclamar. Por poner un ejemplo, hoy ha venido cierta individua (con un gesto de perpetuo desagrado en la cara que me ha recordado al de la ya extinta ministra Chacón) exigiendo a voces una solución a sus problemas. Ni por favor, ni hola, ni gracias y de tu, además.  En cuanto le he dicho que iba a por la hoja de reclamaciones a soltado con tono entre furioso y triunfal que ella lo que quería era  poner una denuncia. Tomando aire mentalmente mientras me preguntaba si la gente tiene una mínima puta idea de qué coño dice cuando habla, le he dicho que si deseaba poner una denuncia, tendría que acudir a una comisaría de policía, notificárselo a quien fuera responsable en ese momento y esperar que la policía realizara las diligencias correspondientes. Me ha espetado, prácticamente escupido, que a ella la habían estafado. Y entonces en ese momento entras en lo que en atención al público se llama bucle: “Señora, eso es un delito, es competencia de la policía, por aquí hacemos de asesores y mediadores. Si me deja un momento explicárselo le diré que pasos hay que tomar para…,” pero no. Ni un momento ni dos. Segundo grito soltando automáticamente  la mágica frase:”¡¡ Eso no vale para nada!!”, “¡Me han estafado, que vais ha hacer!”.

Ahora bien, si usted, princesa, es tan inteligente de llegar a esa conclusión, ¿Qué coño hace aquí? ¿Demostrarle al mundo lo sobrada, inteligente y de vuelta de todo que esta? ¿Pegarme gritos? ¿Y si es tan inteligente como coño es que le han estafado?

Ahi empieza el problema. Llevas cuatro horas atendiendo a la gente, lo mejor que puedes, buscándoles mierdas legales y dando los mejores consejos que puedas, con pies de plomo porque como la pifies se acuerdan de ti toda tu puta vida. La mayoría de la gente es  educada y correcta. Doy fe. Pero bastan tres imbéciles para amargarte la digestión. Y esta entraba en la categoría.

Intentando ignorar la bola de rabia que se empezaba a formar en mi estomago y las inmensas ganas de saltar la mesa y empezar a imitar a Khal Drogo mientras la berreaba en la cara que mi vástago seria el semental que montaría al mundo, he intentado explicarle nuestra función, que en ocasiones funciona (y hasta cuando funciona en ocasiones vienen a quejarse, eso es comprensible en una abuela de ochenta años que no entiende una mierda de la contestación, pero en un tio de treinta años no.) y en ocasiones, como todo en esta jodida vida, no funciona. Si los tribunales no dan justicia sino apaños, que reclamen al maestro armero. Eso sí, el concepto de que se pueden ahorrar meses y bastante dinero en pleitos, simplemente con hacer lo que decimos, eso no les entra en la cabeza. Eso cuando no viene con unos problemas que no los soluciona ni San Genaro.

A lo que iba. La individua se lanzo a murmurar por lo bajo y a repetir gritándome que ha ella la habían estafado, one more time, que quería saber que medios tenia para solucionarlo. Pero ya. Entre en modo automático: “Acuda a los tribunales de primera instancia, solicite un formulario de demanda verbal, le indico que si la cantidad que reclama es inferior a dos mil euros no requerirá de la presencia de abogado y procurador. Acompáñelo de documentos porque si no se lo inadmitirán” Soy capaz de soltarlo en tres segundos, no es coña. Un día soltare: “Negativo, soy un organismo cibernético venido del futuro para protegerte” y la gente se quedara con la misma cara. Si ves que no son escoria repugnante, es decir, que te saludan al entrar y no te tratan como un felpudo, se lo apuntas tranquilamente en un papel, les das la dirección de los tribunales y les das algún consejo (no presente directamente la demanda, mándesela a la empresa diciendo que si no llegan a un acuerdo la presentaras, si es una compañía de seguros preséntesela con esto y esto, etc.… ,desde aquí un beso a la señora que vino solamente  a la oficina a agradecernos nuestras gestiones y consejos porque al final el seguro la pagó)

En caso de que sean escoria,  después de soltarle el abracadabra, te los quedas mirando con cara del indio Fernandez. Contestación de la señora: A MI ME HAN ESTAFADO. Posible contestación que se me paso por la cabeza: NO ME IMPORTA, OJALA LA VIOLE UN ORANGUTAN.  En vez de eso decidí quedarme callado. Después de unos segundos de silencio, la señora, con el mismo tono imperativo exigió la entrega de las hojas de reclamaciones.

Bravo.

Se las entrego y paso a la siguiente persona. Tipico problema, compañía aérea, retrasos. La explico el reglamento europeo que lo regula, las compensaciones, derechos, el convenio de Montreal. Esta sonríe al hablar, asique me  importa una mierda pasarme diez minutos buscando la dirección de la agencia estatal de seguridad aérea para que les mande la reclamación, ya que como han pasado tres meses no puede hacerlo por la oficina. Mientras tanto noto la presencia de la otra. Atiendo a otra persona , me despido de ella y la individua se cuela. Me dice que una de las hojas tiene una tachadura. La digo que no se preocupe, que voy a buscar otra. Decido que es un buen momento para echarme un pito en el almacén. Luego voy a hablar con uno de los técnicos para preguntarle si quiere que me encargue de una contestación a una tienda. Estamos un rato hablando sobre las características del servicio técnico y como plantear la contestación desde la Ley General de Consumidores y Usuarios. Al cuarto de hora, salgo y mi compañero de fatigas becario me pregunta: ¿Qué coño le pasaba a una que me ha pedido una hoja de reclamaciones berreando que si la suya tenia un manchurrón y no se que de una estafa? Me la ha tirado encima y se ha ido dándose un portazo. Parecía que le fuera a dar un ataque al corazón”.

Ojala tío, ojala.

En ocasiones es la leche por supuesto. La vez que conseguiste que a una pareja de ancianos, lo más encantador, educado y divertido que te has  hechado a la cara les devolvieran dos mil euros vilmente sustraídos. Porque hay gente que se merece que la estafes, cuando esta colabora con su codicia o su estupidez, pero cuando estafas a alguien basándote en su bondad, bueno, pues pena de crucifixión, cojones. Con esa gente te desvives, y te importa un carajo que vengan quince veces.

Con otra simplemente te partes el culo, la vez que vino un caballero con una televisión desmontada, me la dejo encima de la mesa y me pedio asesoramiento. Empecé a contarle como funciona lo de las devoluciones, garantías, plazos, etc. El tío me interrumpió con un gesto imperativo. Pequeño, fuerte, con boina. Hablaba calcado a los de la hora chanante:

-Si yo quiero saber, mira, el pájaro que me lo arreglao es primo mío, no quiero líos, eh. ¿A ti esta reparación te parece normal (En ese momento me señala un punto de la tele, un montón de cables conectándose a lo que deduje que era el tubo catódico)

– Pues la verdad es que ni…

– ¡Esta siliconao, ESTA SILICONAO!

Silencio sepulcral. El hombre continúa:

-¡CAGON TÓ Y EN EL PRIMO LOS COJONES!

Y ahí asientes comprensivo la cabeza, dejas que se desahogue y se van tan contentos. Luego, cuando acabas de reírte, te das cuenta de que los confesionarios de los curas son una pieza fundamental para mantener la psique en funcionamiento.

Y nada más. Y gracias por dejarme desahogarme, camaradas.

 

Hoy he visto pasar a un chaval en bicicleta, con todo el equipo de protección anticaidas. Coderas, rodilleras, muñequeras y casco. Le faltaba un escudo y una lanza para ser la versión futurista y ecologista de ser Lancelot. (los caballos contaminan, quien no lo sepa es que no ha visto el rastro de mierda que dejan).

Si en mi tierna infancia se me ocurre aparecer en la piscina del pueblo donde iba a veranear de semejante guisa, creo que lo de menos hubieran sido las burlas. Lo de más hubieran sido las piedras que me hubieran lanzado exultantes los nativos por ir vestido de marciano. Así que tanto yo como mis padres pasábamos bastante de esas mandangas. Tengo ciertas cicatrices en las rodillas que posiblemente se hubieran evitado si hubiera llevado rodilleras, aunque no es mal recordatorio para un chaval de doce años que esta vida es muy perra, y que por muy chulo que vayas, siempre hay un bache en el camino que no te esperas para acto seguido encontrarte en el suelo con cara de gilipollas preguntándote qué coño te ha pasado.

Y por lo tanto, dado que los riesgos principales eran recibir una pedrada en un ojo o el ser aplastado por un tráiler (Redios, que monstruos, y pasaban continuamente ¡por un pueblo que tenia menos habitantes que el que aparece en Sin Perdón!), nunca lleve la armadura y aquí sigo. Y para subir la cuesta de Alcazarén hubiera sido un engorro.

Mi pueblo, como buen y diminuto pueblo castellano,  esta incrustado en un valle, rodeado de montes y con un rio al lado. Una de las salidas del pueblo, la que iba a dirección Alcazaren, la carretera del  sur, subía por uno de los montes. Y la subía a saco. Parecía un puerto de montaña en miniatura. Y nosotros, insuflados por el espíritu del tour que nunca veíamos, lo subíamos con nuestro par de huevos, a las cuatro y media de la tarde. Al principio acababa reventado, hasta que pille el truco de pegarme a la rueda de uno de los chavales de por allí que parecía Hulk en miniatura. Dios mío, que orgullo sentí cuando una vez conseguí quedar el segundo (Dado que éramos un grupo de unos diez chavales, como no podía ser de otro modo, competíamos por cualquier gilipollez. Entre otros grandes éxitos, recuerdo las siguientes competiciones: “ el de a ver quien tiene mas pelos en los huevos” (tercero), “lanzamiento de flash sabor fresa” (Daban puntos extra si golpeabas a alguien en el proceso, ultimo, se me daba como el culo), “quien era mejor al street fighter” ( primero, en el apoteósico momento en que conseguí pasármela con cinco duros, con Blanca era insuperable), y al futbolín o como lo llamábamos, “el futbolo” (regulero, como defensa no era malo, aunque iba por días. Y me toco pasar por debajo del futbolín alguna vez).

Volviendo a la cuesta, nada más jodido que correr solo, descubrí, ya que  si pillas a alguien que marque el ritmo por delante tuyo, tienes el cincuenta por ciento hecho.

¿Y por que leches subíamos esa cuesta? ¿Por el reto físico? ¿Cómo metáfora de la necesidad del hombre de romper barreras? ¿Cómo ritual de abandono de la niñez?

La subíamos para bajarla a toda hostia. Punto.

Era la leche. Para empezar, cogías tales velocidades que llegabas a sospechar seriamente que la bicicleta no aguantaría, que cogerías una curva mal y acabarías surcando los aires como en E. T. Aunque en este caso sin marciano y blasfemando en arameo. Aun recuerdo el puntazo de adrenalina, la sensación de victoria sobre esa puta cuesta, que antes se había mostrado cruel y burlona ante el desgarrador dolor que sentías en los muslos y en esos momentos parecía hecha de seda. Una alfombra mágica que te impulsaba más y más rápido hacia una de las felicidades más tontas y plenas que he sentido jamás.

En una de las bajadas casi desgracio a uno de mis colegas. Un chaval que no pasaría de los cuarenta quilos, Pedrito. Yo llevaba una gorra de beisbol de los Red Sox (No era estilismo, era supervivencia, si no llevabas la cabeza tapada acababas con la mollera hirviendo). No debía tenerla bien sujeta, ya que en el momento cumbre de la bajada, empezó a elevarse grácilmente de mi cabeza, siguiendo los mismos principios físicos que hacen a los aviones volar. El caso es que salió disparada, con tan mala suerte que impacto en la cabeza de Pedrito que venía detrás de mí. Lo único que recuerdo es el grito de “¡Isi, cabrón!” Seguido de un “argggghhhh” y del sonido que hace una bici y un chaval dándose la hostia padre.

Mi profesor de lengua, José Antonio o el caqui, nos dijo que la gente de pueblo es la más noble que hay. No se lo discuto. Pero yo se la complemento. La más noble y las más cabrona. Todos sin excepción, no nos acercamos al caído para reconfortarle. Fuimos a que nos diera el mayor ataque de risa de la historia. Pedrito se puso a llorar y se abrazó a uno de mis amigos, creo que David, un madrileño más largo que un día sin pan. Aun recuerdo la frase reconfortante que le soltó David: “Vaya hostia que te has metido Pedro.” Luego a los cinco minutos lo olvidamos todo y nos fuimos a hacer el capullo a casa de alguno.

Siete veces abajo, ocho veces arriba, como dicen los japos, ¿Eh, Pedro?

Uno empieza, de jovencito, considerando la guerra un juego (Y de una manera macabra, lo es, un juego donde la apuesta es máxima). Luego creces, lees, y esa perspectiva infantil se desvanece. Descubres que la guerra es quedarte aterrado en un agujero, mientras rezas que el fuego de mortero no te arranque las piernas de cuajo, a cuenta de un general o coronel para quien sus soldados no son más que carne de cañón fungible en pos de un objetivo que con suerte tendrá algún valor estratégico. Descubres que es aburrimiento, seguido de un caos donde no tiene ni idea de a qué o a quien disparas. Descubres que es volver en una caja envuelta en una bandera. Descubres que mientras  estás muriéndote sueles cagarte encima.  Y aun así, tienes ese impulso, la camarería, el honor, la pregunta que a todos nos ronda por la cabeza, que se siente al matar a alguien, la adrenalina, el vacio. Sentirte un hombre, de esos que ves en las películas, cansado, con barba de tres días y la mirada de los mil metros. Quieres ver balas trazadoras dibujando estelas por la noche, quieres tener una cabeza enemiga en tu punto de mira, quieres fumar hierba en Vietnam, emborracharte en el nido del águila, bombardear irak, clavarle una pica a un caballero francés, disparar una ballesta, oler napalm, ver pozos petrolíferos ardiendo, tomar prisioneros, disparar, herir, mutilar. Quieres saber que siente dentro de un caballo de madera, de un tanque, de un barco de guerra. Quieres volver convertido en alguien duro, peligroso, que tu mujer, que tu novia te reciba con los brazos y las piernas abiertas mientras tú aun apestas a pólvora y sudor. Quieres llorar en su hombro por los amigos que dejaste atrás.

Aunque vayamos al meollo, que me pierdo. Una vez, no hace mucho, me zurre con tres. Esperaba a que unos amigos se acabasen de comer un bocadillo dentro de una bageteria mientras yo espera fuera echándome un cigarrillo. Estaba quemadísimo a cuenta de una mujer (Error por el que actualmente estoy pasando una fase de entrenamiento mental para no volver a caer en él). Cuando decidí pirarme aburrido de esperar, tres mierdas, tiñalpas borrachos, carne del opus y de las generaciones más bobas del PP empezaron a gritarme desde la distancia. No se que coño gritaban. Me di la vuelta, les mire y decidí pasar. Ellos continuaron. Y toda la rabia y la frustración exploto. No enzarzamos verbalmente, y ya estaba a punto de irme cuando me soltaron dos palabras que activaron mi cerebro de lagarto. Cobarde y ten cuidado donde te metes que somos tres. La arrogancia que no se sustenta sobre hechos me desquicia. Si fueran gitanos, o rumanos de tres metros, o un grupo de guerrilleros albano kosovares lo hubiera entendido. Si no hubieran tenido esa cara de oligofrénicos de barrio pijo lo hubiera entendido. Y me hubiera largado echando leches de allí, tragándome el orgullo y dejando un rastro de pis (la mejor parte del valor es la discreción).

Pero… ¿estos mierdas?

Y, claro, me llego el pensamiento mágico. ¿Qué hubiera hecho mi padre en esta situación?

Le solté una hostia a uno, totalmente a traición (Aviso, se rompe antes una mano que una mandíbula) y me lance a por los otros dos en modo aquí palmamos sansón y trescientos filisteos. Se cagaron. Nada asusta más que la violencia irracional, sobre todo cuando menos te lo esperas. No notaba nada. No sentía nada. Resulta que los samuráis japoneses lo llamaban el shamadi, un estado de focalización mental en el que todo tu ser está enfocado a la consecución de un único objetivo.

Y mi objetivo era descuartizarlos.

Acabó de modo típico. Salieron mis dos amigos, ellos se cagaron aun más y desde una saludable distancia empezaron a  insultarnos. Luego, la apoteosis. El subnormal que se llevo la guaya se fue corriendo a parar a un coche de policía y ponerse a lloriquear enfrente de un poli (rezo a Dios que si alguna vez me dan una hostia no hacer eso). Los polis pasaron totalmente del asunto, el tipo me puso una denuncia en que le falto decir que le había asaltado un dragón, no prospero y colorín colorado, esta anécdota se ha acabado.

Después de eso, me sentí totalmente purificado por dentro.

Qué razón tenía Coy al pensar que los hombres nos estamos volviendo locos porque ya no nos peleamos. Demasiada mierda sin medios de escape.

Barro, mierda y sangre. Eso es la guerra. Pero si solo eso, ¿por qué nos vuelve locos?