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Martín y Algola.

Publicado: marzo 5, 2012 en Relatos

En esta ciudad hace un frio de mil demonios. Días grises con cielos grises, con una molesta aguanieve y un viento gélido que hace que se hiele la punta de tu nariz y las manos. Claro podría llevar guantes, pero seamos sinceros, es imposible fumar con ellos.

Me aburro, y tengo ganas de jugar un rato.

Camino por la calle Santiago, hechándole un vistazo distraído a los escaparates y a las librerías. Sigo por Mantería. Elegantes edificios decimonónicos, pertenecientes a la floreciente burguesía castellana del siglo XIX. Pienso en el origen de estos edificios, una de las zonas más elegantes de la ciudad.

Deberíamos tener un monumento dedicado a  Mensikhov y a los zares, junto al de Jose Zorrilla  para agradecérselo.  Los ruskis se lían la manta a la cabeza, le exigen al Sultán de Turquía mayores prerrogativas para proteger a los cristianos ortodoxos en territorio otomano. De paso, conseguir el accesos a los pasos del Bósforo  y de los Dárdanos para que la estupenda flota rusa creado por Pedro el grande tenga lugares donde solazarse y convertirse en potencia marítima. Inglaterra que se llama a altana y se lía la guerra de Crimea. Crimea, península conocida como el granero de Europa. Obviamente, debido a los zambombazos, las cargas de Caballería y las tropas de infantería arrastrándose de una trinchera a otra, ya no hay cosechas. Casi no hay oferta de trigo para las bocas europeas, y los castellanos decidimos forrarnos vendiendo nuestros excedentes a un precio disparado. Efecto mariposa.

Sonrió cínicamente. Conocí a un veterano de la guerra de Crimea. Ingles, un tío simpático y bebedor. La gloriosa batalla de Valaclava. Dos regimientos de caballería cargando heroicamente contra una batería de artillería rusa a campo descubierto. Fucking Sith. Nuestro comandante, un niñato que compró el cargo de coronel, se lió con las ordenes. Teníamos que atacar otra posición artillera. No esa. Era un maldito suicidio. Pero asi son las cosas. Rule britian.

Decido homenajear a esos valientes. Una pinta de voldamm y The trooper en mis casocos.

Ah ese espectacular inicio.

Doy tres sorbos a mi cerveza, apoyado en la mesa que esta cafetería tiene fuera, intentando calentarme los huesos con el calefactor, detalle dado a los irredentos adictos a la nicotina para que no mueran de hipotermia. Vida sana, muere sano.

You take mi life, but i take you too, oooh ohhhh, ooohhh, ohhhh

Voy a dar otro sorbo a mi cerveza cuando algo me detiene. Un olor. Pelaje mojado. Sangre. Carroña. Depredador. Apesta.

Una hermosa chica rubia, con un parka de plumas y unos vaqueros se encuentra a mi lado. Me sonríe. Me pide fuego. Tiene una sonrisa preciosa. Tirita bajo el frio. Dan ganas de abrazarla. Dan ganas de follarla, de jurarle amor eterno.

Si no fuera por ese olor. Aunque tengo que reconocerlo, es buena. Ni dos segundos y ya tengo una dolorosa erección apretándose contra mis pantalones. Pero recuerdo una valiosa frase: El pene es un valioso accionista de tu empresa, pero el presidente de la empresa es tu cerebro, así que paso cortó y vista larga.

Hablamos del frio, de la ley antitabaco, de nuestras vidas. Es buena, muy buena. Esa manera de apartarse el pelo rubio de la cara, exponiéndose como una novia virginal quitándose el velo, esa manera de agarrarse a tu antebrazo. Esa boca. Esos ojos.

Fijate en los ojos. Los ojos no mienten.

Esos ojos tienen hambre.

Me dice su nombre. Algola. Tiene gracia que se llame asi. Aunque dudo mucho que alguien se haya leído las mil y una noches hoy en día.

La sigo el juego. Qué coño, yo también tengo ganas de jugar.

-Realmente no soy de aquí, soy del sur, dice ella.

-De muy al sur, contesto yo.

Continuamos con la conversación. Santa madre de Dios, tengo que hacer auténticos esfuerzos por no echar la cabeza hacia atrás cuando me habla. Huele a muerte.

Después de unos cinco minutos de conversación banal, pasa a contarme su vida: Estudiante de filología hispánica, becada, vive en un pequeño hostal del centro, al lado de la Facultad de Derecho, hasta que encuentre piso compartido. Me invita a su habitación, a enseñarme unos libros suyos y a fumar algo de hierba.

Acepto.

Tardamos diez minutos en llegar a pie, con ella agarrada a mi brazo, rozándolo accidentalmente con sus pechos, mientras ríe y me explica que nunca se acostumbrará al frio de esta ciudad. Mirando de reojo por los escaparates me doy cuenta de que mueve el culo como una profesional, algo que a pesar de todas las circunstancias es de agradecer  en esta sociedad marimachorra antitabaquista que nos rige.

Llegamos a su hostal, en una calle céntrica con vistas a la catedral. Esta vacio, solo una mora tuerta en el recibidor. Su único ojo destella bajo las luces alógenas. Nos sigue con la mirada mientras subimos la habitación.

Entramos en ella, y acto seguido se tiende sobre la cama, culo en pompa, mientras revuelve debajo de la cama para sacar un talego de hierba. Dios, a pesar del olor, a pesar de todo, tengo que hacer auténticos esfuerzos por controlarme y no abalanzarme sobre ella. Un buen momento para sentarme, cruzar las piernas y fumar. Observo distraído la habitación, sin perder de vista de reojo a Algola. Decido empezar a mover ficha.

-¿Perdona, como era tu nombre exactamente?.

-Algola, dice mientras continua removiendo debajo de la cama

-¿Gouleh?.

Para de revolver bajo la cama. Se tensa. Gira lentamente la cabeza.

-¿Cómo has dicho?

-Ah, perdona mi árabe.

Apago lentamente el cigarrillo en un cenicero, mirándola fijamente a los ojos. Saco un pequeño block y una pluma. Garabateo en él rápidamente en el. Arranco la hoja. Se la tiro.

-¿Se escribe así, verdad?

-“الغول”

Ella lo mira. Me mira a mi. Sonríe.

Tiene los dientes afilados. Cuando habla ya no tiene la voz de una preciosa muchacha de ventipocos años. Es un sonido raspado, grave, visceral.

-¿Quienes eres, hombre?

Me toca sonreir a mi.

-No soy hombre.

Me abalanzo antes que ella  con el bolígrafo aun en la mano. La tiendo encima de la cama, presionándola con el brazo izquierdo la garganta mientras que con el derecho acerco la pluma a escasos milímetros de su ojo. A esa distancia el olor que emite es brutal.

-Un solo movimiento y te clavo esto hasta tu cerebro. Muéstrate. Tu verdadera forma, no esta pantomima para engañar a los incautos.

Utiliza una buena táctica, se muestra aterrada. Durante un momento me hace dudar de si estoy cometiendo una cagada de tamaño épico.

Ella solo necesita ese segundo.

Noto un dolor lacerante en el muslo, donde las garras de su pie derecho me desgarran la carne. Grito de dolor, me alzo hacia atrás e intento apuñalarle en la cara, pero demasiado tarde, ya que solo consigo apuñalar la colcha. Antes de que me arranque la yugular con esos dientes, agito locamente la estilográfica delante mío para mantenerla alejada, mientras ruedo en la cama antes de caerme al suelo de culo. Mierda de Dios. La tengo encima, gritando como una arpía, una monstruosidad mezcla de chimpancé y de camello, surgida de las pesadillas febriles de algún niño aterrado de ocho años.. Si la doy un segundo estoy muerto. La golpeo en la cara con todas mis fuerzas. Se oye el crujido de su morro partiéndose. Me escabullo de debajo de ella, gateando y pateado como puedo. Consigo llegar hasta la mitad de la habitación, alzando patéticamente la estilográfica delante mío como un maestro de esgrima trasnochado. La pierna me arde. Ella se alza del suelo, con las rodillas de sus patas flexionadas en la dirección equivocada, como las de un antílope,  y sus garras extendidas hacia mí. Pelaje grueso, morro bestial del que sale un borboton de sangre,  Me observa, esperando el momento adecuado.

La pierna me falla y  caigo de rodillas al suelo.

Ella se abalanza. Ahora. Extiendo la estilográfica con todas las fuerzas, notando como su afilada punta atraviesa su duro pellejo y llega a su tierna carne. La fuerza del impacto de su cuerpo golpeando el mío me derriba al suelo. Caemos los dos, abrazados, como una parodia de amantes.

Y entonces ella me ve. Mi autentica forma. Y muere.

Con bastante esfuerzo, consigo retirar la estilográfica de su pecho, donde se había enterrado hasta su negro  corazón y  con un gesto de asco, me la quito de encima. Estoy mareado, la pierna me arde, creo que tengo dos nudillos rotos y tengo nauseas. Me reincorporo apoyándome en la  pierna buena, medio arrastrándome hacia la silla. Una vez que me siento en ella, intento gritar en voz alta mi exultación, mi dolor, mi victoria, pero lo único que consigo  es prenderme un cigarrillo, darle una calada y decir medio ahogado por las toses “a tomar por culo”.

Dios, estoy hecho un asco.

Apenas tengo dos minutos para recomponerme cuando oigo apresurados pasos por la escalera. La tuerta. Mierda. Me levanto y me fundo en las sombras.

Abre la puerta, atraviesa el umbral y se queda paralizada cuando observa el despojo sangriento que antaño era Algola. Justo en el momento en que empieza a dar media vuelta para huir, surjo silenciosamente detrás de ella, le hecho hacia atrás la cabeza  y le apoyo la estilográfica en la carótida.

-Un solo movimiento y te degüello como una puerca.

No se mueve, y simplemente se queda mirando a la lejanía, mientras la sujeto con fuerza. Intento ignorar la debilidad que siento mientras organizo mis pensamientos.

No apesta de la misma manera que Algola. Indudablemente es humana, aunque su olor es a algo viejo, viejo de siglos, como el olor que tiene una habitación cerrada durante años.

Señalo con la cabeza al cadáver que tenemos a nuestros pies.

-Es un error bastante común creer que los necrófagos habitan solamente en los cementerios. Les gusta la carroña, pero la carroña fresca. Es esta maldita nueva cultura, te crees que los necrófagos son tipejos grises que reúnen por manadas en torno a algún nigromante. Para nada, ¿verdad? Criaturas del desierto, que hacían que los viajeros se perdieran y murieran de sed o los mataban. Pero al ser metamorfos, descubrieron que era bastante más efectivo acudir a las ciudades y adoptar la forma de bellas señoritas dispuestas ha hacerte pasar la noche de tu vida. Si apelas a la lujuria y a la estupidez humana nunca fallas. Muchísimo mejor que esperar de tanto en cuanto que aparezca un beduino, un cruzado o un mercader y decirle, hey, vas por el camino erróneo…

Cambio el peso de la pierna, pero tengo que desistir, aun me duele demasiado. La agarro con mas fuerza, presionando la estilográfica hasta que obtengo una gota de sangre.

-Así que creo que ocurrió lo siguiente, la conociste en Mauritania, Túnez o algún puto agujero lleno de polvo en el sur, y esto-Escupo sobre el cadáver-… Algola, te dejo vivir, no te devoro, por un pacto. Tú la proporcionarías un buen refugio (creo que esta habitación esta prácticamente insonorizada y las ventanas polarizadas, ¿verdad?), te encargarías de limpiar su mierda, y a cambio ella te enseñaría como obtener  la inmortalidad. ¿Me equivoco? Algola, el necrófago, tú, su casera. Viajando de ciudad en ciudad, por los siglos de los siglos, alimentándoos de la tierna carne de los cristianos, esquivando a la muerte rodeándoos de ella.

Silencio. Me empieza hinchar los cojones. Asi que la hago un rápido corte en la mejilla antes de volver a apoyar la pluma en su carótida. Si presiono un poco más, morirá aquí desangrada, pero no es eso lo que quiero. Todavía no.

Ella capta el mensaje. Y empieza a hablar. Son frases atropelladas, mezclas de español, y dialectos norteafricanos

-La conocí en el desierto. Pero no nací en el desierto. Vosotros me exiliasteis. Yo nací en España. Y fuisteis vosotros, perros cristianos quienes me arrebatasteis mi hogar.

-¿La expulsión de los moriscos?

-Sí. Sin padre, solo con mi madre, tratados como objetos. Me escape de la nueva familia del marido de mi madre. La encontré en el desierto. La voluntad de alá. Decidí vengarme. Me alimentaria de vosotros y ella me ayudaría a cumplir mi venganza. Viajamos por las ciudades Soy la shadayinna, bruja del desierto, invocadora de bestias, señora de los muertos. No sabes lo que te ocurrirá por esto. Libérame.

La empujo contra la cama. Su puta historia de rencor histórico y venganza en los descendientes de sus enemigos me aburre soberanamente. Consiguió la  inmortalidad a cambio de canibalismo y de vender tu alma a una bestia maligna. El resto me sobra. Todos podemos contar historias tristes.

-MIRAME

Levanta la mirada. Y con su único ojo ya no ve a un hombre de estatura media, morena, de treinta y cinco años vestido con vaqueros y abrigo tres cuartos. Lo que ve es un fraile de dos metros, con la cogulla hechada sobre la cara, tapada por las sombras, al fondo de la cual brillan dos terroríficos ojos rojos.

Su miedo me alimenta. Su miedo me llena.

Las luces se apagan. La televisión cae. La cama se levanta como impulsada por un resorte, da la vuelta y la aplasta bajo el suelo, solo su  cabeza asomando bajo ella. Empieza a gritar de dolor y de pánico, sin poder apartar la mirada de mí. Muy posiblemente se haya roto la columna.

-Escuchame,puta. Me llaman Martin, Martinillo o Martinico. Duende, trasgo o demonio de Castilla. Me deleito en crear el caos haya donde paso, presto favores a quien lo merece, y señora, castigo a quien quiero.

Desde su incómoda posición, ya no ve a fraile gigantesco. Solo un enano chaparro de medio metro con una desaliñada túnica roja y la cara, una monstruosidad grotesca.

-Cuando tus padre no eran más que niños, a mí ya me temía, se me respetaba, se me alababa, por las dos malditas castillas. Encantando casas, castillos. Maldiciendo y bendiciendo a hidalgos y villanos por igual. No existía cerradura u oración que me echase. Perseguía doncellas, ayudando a quien quería y matando a quien me placía. Señora, yo me alimentaba de miedo, no de la carne de imbéciles.

Y ahora pienso quedar saciado.

Y paso el tiempo.

El cadáver del goul se pudrió en apenas dos horas. Solo quedaron unos restos inidentificables que la policía recogió.

.

De la puta tuerta no encontraron rastro. No al menos hasta dos meses después, en un pequeño campo a la altura de cabezón, donde encontraron los restos de una mujer de unos cincuenta años, parcialmente devorada por un depredador de gran tamaño, posiblemente lobos.

Me costó horrores transportar el roto cuerpo de la puta tuerta. Tuve que adoptar la forma de un buitre leonado, volar cerca de veinte quilómetros y dejarla a la puerta de la guarida de un lupino. No quedan muchos, aunque los desgarradores gritos de terror de la tuerta mientras era devorada fueron un buen pago a mis esfuerzos. Venganza. No fue la única que perdió a gente querida. Una de mis amadas fue vendida como esclava por una incursión morisca. Y yo no le vendí mi alma a un necrófago para lograr la inmortalidad alimentándome de incautos.

Y ese es el fin de la historia de Algola.  Tengo que reconocer que me divertí horrores.

Mi gente nació de vuestros sueños, de vuestras esperanzas de vuestros miedos. Somos tan reales como los sueños. E igual de peligrosos que una idea. Nunca ignoréis el poder de lo abstracto. Que sea intangible no quiere decir que sea irreal.

 

Algola

Publicado: enero 29, 2012 en Relatos

Es dificilísimo romper el hielo con una chica preciosa que no conoces de nada. Ese sentimiento de vergüenza y pánico atroz que te impide hacer algo tan sencillo como acercarte a un ser humano y hablar, posiblemente sea un remanente arcaico de la época en que la raza humana estaba diseminada en una docena de tribus, y cualquier acercamiento frustrado a una hembra de otra tribu podía tener como resultado que tus sesos acabasen esparcidos por la sabana por obra u gracia de un hacha de sílex. Como a la genética le cuesta cambiar de costumbres que es una barbaridad, y a la evolución  le importa un comino el individuo en concreto y los modelos de comportamiento obsoletos, Diego se encontraba prácticamente paralizado sentado en un banco del Campo Grande, una hermosa y soleada tarde de julio, escudado en su novela, mientras miraba de reojo a la diva rubia y exuberante que leía concentrada una de las novelas de crepúsculo, sentada en el banco de enfrente. Con ojo experto, la catalogó como “romántica”. Tomando aire repetidas veces e intentando obviar el hecho de que iba sin peinar, sin duchar y con una mancha de comida en su camisa blanca, se levantó y se aproximó a la chica.

La luz del atardecer le robaba destellos dorados a su melena rubia, mientras un pavo real se movía perezoso a sus pies. Iba vestida con un sencillo vestido blanco de verano que no podía ocultar una figura esplendida.  Diego flaqueo a mitad de su camino. La hermosura de la imagen le hacía sentirse como un sátiro voyeur que observara escondido entre los arbustos a una ninfa bañándose en un estanque. En resumen, le hacía sentirse como un gilipollas insignificante. Pero la fortuna sonríe a los valientes.

-Hola.

Desde luego que no era una entrada brillante, pero curiosamente, solia ser efectiva. Siempre y cuando lograras trasmitir seguridad en si mismo, y no parecer un salido desesperado y babeante. Cosa difícil visto el escote del vestido de la chica.

– Me llamo Diego.

Una mirada desconfiada se alzó desde las páginas del libro de Crepúsculo, y Diego notó como todo su ser se desintegraba ante unos gélidos ojos grises.

Luego ese hielo se quebró en una sonrisa.

-Hola.

Perfecto, no le había mandado a la mierda directamente. Ahora lo importante era continuar con la conversación, durante unos diez minutos, para luego continuar con el resto de trucos aprendidos.

-¿Te apetece venirte a mi casa?

Como truco era cuanto menos extraño. Se suponía que primero la chica se mostraría extrañada ante esa barbaridad, luego relajada cuando Diego cambiase de tema repentinamente y empezase una conversación absolutamente normal, que quedaría rematada cuando se la llevase a tomar algo. Poco a poco, la chica, ante la aparición de un extraño que actuaba de manera tan imprevisible, se iría excitando hasta que las cosas cayeran por su propio peso. Se preparó mentalmente para la respuesta extrañada de la chica.

No ocurrió nada parecido. La chica continúo mirándole mientras sonreía. Luego habló:

-¿No quieres saber primero mi nombre, hombre?

-¿Claro, cómo te llamas?

-Algola

– Es un nombre… llamativo.

-Es un nombre del sur. Como yo.

-¿Andaluza?

-Más al sur.

-No pareces…

-¿Quieres acompañarme a un sitio?

Algunos días, no muchos, la suerte te acompaña, pensó Diego.

A cada momento que pasaba, se sentía más excitado. Forcejeo con su ropa y con el vestido de la chica, levantándoselo por encima de sus finos brazos, mientras se besaban, el con pasión, ella con algo parecido al hambre. Ya se había formado un pequeño montón de ropa a sus pies, y ahora se dirigían tambaleantes hacia la cama. Cayó sobre ella, y continúo con el forcejeo. Ella lo tenía asido con una fuerza sorprendente en alguien tan menudo. Intento aparatarla de si para poder apreciarla desnuda, ya que a pesar de estar semidesnudos no había tenido oportunidad de apreciarla, y la chica sin ropa prometía. Realmente apenas había tenido tiempo de mirar siquiera la habitación del hostal en que se encontraban (Paredes blancas, un televisor encima de un mueble, una mesilla, una puerta que conducía a un minúsculo baño, todo ello apenas entrevisto, dado que la chica se lanzo sobre el nada más traspasar el umbral). Había sido idea de ella, ¿Alguna? No, Algola. Un nombre horrible, todo lo contrario que su propietaria. Todo había sido rapidísimo, el viaje en moto, el pago por adelantado a la siniestra mora tuerta que parecía llevar el hostal desde el recibidor. Ahora los besos y las caricias. Haciendo un esfuerzo supremo,  apartó la cabeza de los labios de la chica, se deshizo  de sus manos que le presionaban la nuca, y consiguió alzarse a trompicones de la cama, en ropa interior y calcetines.

Y ahí estaba, con el sujetador medio caído, las bragas aun puestas, las piernas perfectas, largas y pálidas como la leche. Tenía los tobillos finos.

No, tenía un tobillo fino. El otro era una monstruosidad de callos y pelos que acababa en una pezuña con garras de aspecto cruel.

Lo primero que pensó es que era una deformidad congénita. Por eso quería ir tan rápido, antes de que él se diera cuenta de nada. Logró apartar la mirada de su deformidad y se enfrento a la chica.

Sonreía. No era una sonrisa de disculpa. Sonreía como una gata. Sonreía como un animal.

La absoluta falta de vergüenza de la chica por su deformidad  lo aterró.

No llego a pronunciar la frase de disculpa que en ese momento pugnaba por salir de sus labios para acto seguido recoger la ropa y salir a la calle hechando leches antes de vomitar su comida. La chica salto de la cama, enlazó sus piernas alrededor de su cintura, y le desgarró la carótida de un solo mordisco.

La sangre manchó buena parte de la cama y de la pared de enfrente. Intento gritar una protesta, pero Algola le desgarró la tráquea con sus finas  manos. Luego se desasió de él para sentarse tranquilamente en la cama a observar cómo se asfixiaba en su propia sangre fumando un cigarrillo que extrajo de su bolso..

Cinco minutos después, cuando Diego murió, Algola empezó a devorar su cadáver. Fue rápida y meticulosa, comiendo las mejores vísceras y la carne de las nalgas y el muslo, ayudada de un cuchillo afilado y con la seguridad que da la experiencia. Recordó guardar el hígado para la casera. Media hora después, tambaleándose ligeramente y con una cálida sensación de pesadez en el estomago, abandonó el hostal dejando que Sharima, la propietaria tuerta, se encargara de deshacerse de los restos de Diego y diera buena cuenta de su hígado como pago por sus servicios.

Y así, ahíta y satisfecha, Algola caminó por la calle, una chica preciosa bajo el brillante sol de Julio.

La Batalla de Cabezón.

Publicado: julio 6, 2011 en Relatos

Ante la noticia de la posible llegada del ejército francés, el 21 de mayo de 1808 acudió a la Plaza Mayor gran numero de gente pidiendo el alistamiento general forzoso, la entrega de armas y un jefe a cuyas órdenes luchar. El capitán general Gregorio de la Cuesta, en un principio no se mostró muy propicio. El día 10 de junio ya estaban acampados entre Cigales y Cabezón 6.000 hombres armados. Formaba la fuerza el regimiento de Caballería de la Reina, un escuadrón de guardias de Corps, los cadetes de Artillería de Segovia, los estudiantes de la Universidad, paisanos con trescientos caballos y cuatro cañones al mando del general Cuesta.
Se presentó a su vista el ejército francés el día 12 de junio, Domingo de la Trinidad, compuesto por más de diez mil hombres con cerca de dos mil de caballería y 15 piezas de artillería, comandados por los generales Lassalle y Merle, dio batalla a los valientes e inexpertos vallisoletanos, a quienes en tres horas de rudo y desigual combate fueron completamente destrozados, con muy pocas pérdidas por parte de los invasores. Al intentar replegarse por el puente de Cabezón se produjo una confusión entre el inexperto paisanaje y todos se agolparon en el estrecho paso, pereciendo muchos sofocados y no pocos se ahogaron el Pisuerga al intentar atravesarlo a nado.
Valga este relato de homenaje a los paisanos míos que lucharon con dos cojones sin esperanza.

El chico, recién entrado en la veintena, me mira con ojos tristes, mientras el Pisuerga pasa perezoso bajo un sol radiante, flanqueado por una arboleda.

-¿Fue aquí?- le pregunto.

Asiente  con la cabeza y desvía su mirada, con la vista perdida en los campos que hay enfrente nuestro, sentado, abrazándose sus rodillas. Sus ropas no son más que unas prendas marrones raídas, que apenas cubren una camisola blanca. Harapos del siglo XIX, que contrastan con mi camiseta y mis vaqueros.

-¿Por qué lo hiciste?-pregunto yo de nuevo.

-Ellos violaron a mi hermana. Quería vengarme. Y eran extranjeros.

Eso lo pude entender. Venganza. Ojo por ojo. Quizás sea por ser hijo de mi época, pero el patriotismo es un concepto que jamás pude comprender. Me gustaba la cita de aquel capullo escocés, la del patriotismo es el último refugio de los canallas. Cada vez que ponía la televisión y veía hablar a ese atajo de servidores de la cosa pública hablar de nación, era lo que se me venía a la cabeza.

-También luchaba por España y por nuestro Rey.

Redios. Pues menudo rey. Un bufón que le lamia las botas al jefe de los invasores y le felicitaba por sus victorias sobre los rebeldes. No tenemos remedio.

-¿Cómo fue?-vuelvo a preguntar.

Señala el puente que tenemos enfrente, a una docena de metros. En este momento el sol pega fuerte, así  que busco refugio bajo la sombra de un  árbol, sentándome también. A él no parece molestarle el sol.

-Éramos unos cinco mil-me contesta-  Salvo los guardias de corps y el regimiento de caballería de la reina, el resto éramos milicianos y cadetes.

-Y tú eras…

-Estudiante en la Facultad. Derecho. Nos juntamos la mayoría de los estudiantes, de Derecho, de Medicina, de Teología. No soportamos más la mierda que nos estaban haciendo tragar y nos reunimos en la Plaza Mayor exigiendo armas y un general para expulsar al Invasor.

Joder. ¿Yo qué coño hubiera hecho? ¿Me hubiera ido con ellos? ¿Me hubiera quedado en casa?

¿Qué hubiera sido lo más inteligente, Dios mío?

-Nos distribuimos  entre Cigales y el puente- Continua él mientras vuelve a señalar con su mano. Me doy cuenta de que esta tiznada de pólvora- El ejército francés estaba cerca de donde estamos nosotros sentados. Muchísimos hombres, uniformes azules y blancos. Disciplinados. También muchos jinetes. Recuerdo que me asusté. Nunca había visto tantos caballos juntos, moviéndose al unísono. Nosotros teníamos pocos. Estábamos locos. Les íbamos a hacer pagar. Enemigos de España. Enemigos de Dios. Cruzamos el puente.

Hasta yo, cuya cultura estratégica se basa en los simuladores de guerra y unas cuantas novelas históricas, sé que si tu ejército es el más reducido y el menos experto, debes quedarte detrás del puente y aguantar como puedas al atacante mientras le lanzas todo lo que tengas, sobretodo tirar de la  metralla de los cañones, aprovechando el apiñamiento que por narices tiene que haber cuando el enemigo lo cruce. Pero nunca cruzarle tu.

Por eso deje de jugar a esos juegos. No me gusta ser un general, ni siquiera en la realidad virtual. No dejo de mirar ese puñado de pixeles e imaginarme que tienen una historia detrás. Hijos, novias y madres. Es una gilipollez como un templo, lo sé. Lo raro es que nunca me ha pasado con el resto de juegos.

-Nos distribuimos en formación, con los sargentos entre nosotros para guiarnos y la caballería nuestra en el flanco-Continua él, ajeno a mis divagaciones- Recuerdo el sonido de los cañones al disparar. El ruido más fuerte que he escuchado nunca, antes y después. También recuerdo los gritos de los sargentos. Cargar y disparar. Cargar y disparar. Tambores. El sonido de las balas impactando en la carne, chac, chac, matando a amigos míos. Vecinos. Mi primo. Les hacían unos agujeros del tamaño de un puño. Nosotros disparábamos sin orden, cada uno a lo suyo. Ellos no. Ellos eran ordenados. Recuerdo el sabor de la pólvora. Recuerdo que me emborrache por ello. Que los ojos me escocían. Que no se veía nada. Todo era una niebla blanquecina y grisácea. Solo ruido. Y miedo.

Hace una pausa. Ambos miramos el rio. Después de lo que me parece una eternidad, continua hablando.

-Nuestros caballos se asustaron. Los jinetes no los dominaron. Salieron corriendo hacia el puente. Los soldados también. Nosotros, los estudiantes, aguantamos. Ese es nuestro orgullo. Antes y después. Prudencio gritaba. Nos dábamos ánimos. José empezó a gritar los primeros versos de la Ilíada.

-Canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves.

Nada más que acabo de recitarlo me siento completamente imbécil.

Se gira y me mira. Tiene los ojos negros como yo. Sigue teniendo la mirada triste.

-No era la cólera del pélida. Era la nuestra.  José no llegó a terminar el verso. Cuando llegó a la parte del hades, una bala le arranco la mandíbula.

Joder.

-Luego no hubo cantos. Sí gritos. Cargaron con su caballería. Nos arrollaron. Unos murieron aplastados bajo los cascos de los caballos. Otros bajo los sables- Se toca distraído la brecha que cruza de parte a parte su cabeza- Otros se ahogaron intentando huir- Vuelve a señalar el rio- Luis se ahogó.

Hay una forma grisácea en el rio que flota perezosamente. Alza la cabeza y me mira. Aparto la mirada.

Sigue mirándome. No es una mirada terrorífica. Es triste. E inquisitiva.

-¿Eres capaz de entenderlo?-me pregunta.

-No-respondo.

-Cierto. No lo eres.

El campo se empieza a llenar de figuras grises. Unas en el rio, otras en el puente, otras en la carretera. Parecen indiferentes al tráfico o a la gente del pueblo de Cabezón que pasea por la calle. Hora de la última pregunta. Iba a preguntarle cómo se llama, pero creo que ya lo sé. Le hago otra.

-¿Cómo es la muerte?

-No hay respuestas.

Me levanto, farfullo una despedida y me dirijo a paso rápido hacia la casa de un amigo. Antes de que todo se desvanezca, aun tengo tiempo de escuchar su frase de despedida.

-Pero eso no significa que no puedas aprender.

Un Relato.

Publicado: junio 27, 2011 en Relatos

Cuesta muchísimo ir en bicicleta por un pinar. La arena provoca que las ruedas patinen, y requiere un esfuerzo sobrehumano avanzar unas docenas de metros. Si eres un niño gordo, tus endebles músculos y el exceso de peso no ayuda lo más mínimo. Y si estas en pleno apogeo del verano castellano a las cuatro de la tarde, cualquier actividad física que implique un gasto superior de energía al de estar tumbado encima de una toalla en la piscina o aporrear los botones de la Play puede considerarse un suicidio.

Jorge se limpió el sudor de la frente y se detuvo a la sombra de un pino, dejando la bicicleta del modo estándar de los pueblos, es decir, dejándola caer como un peso muerto con gran confianza en la resistencia del aluminio a los golpes. Con igual delicadeza dejo caer la caja en el suelo, que se quejo con bufido. Jorge miro la caja con odio y la dio una patada, mientras murmuraba para si “estúpido gato”. La caja contesto con un maudillo, mezcla dolor y desafío.

Si no fuera por ese estúpido gato de mierda…, el minino había entrado en la peña, mientras todos estaban tirados en las apestosas colchonetas hablando de chorradas y pasando la tarde aburriéndose. Fue idea de Paris coger el gato y hacer el reto. Así que cogieron las pajitas y se pusieron a repartir. Obviamente, a Jorge le toco las más pequeña. Estaba convencido de que la gordura tenía su propia gravedad que hacía que la mala suerte se sintiera irremediablemente atraída hacia ti. Así que aguantando las burlas de sus amigos, consiguió  meter al gato en la caja, una vieja, de madera, formada por listones que permitían ver el interior, con unas letras verdes desvaídas pintadas en un costado en el que apenas se entendía Tienda Marga. El fruto de sus esfuerzos era tres delgadas líneas rojas que recorrían su mano y le producían un escozor insoportable.

Le quedaban por recorrer aún dos docenas de metros por el pinar. Luego el camino mejoraba, transformándose en tierra compacta, para después atravesar el rio, llegando a los cultivos del otro lado. Pero esas dos docenas de metros le martilleaban en la frente. Para él atravesar el desierto del Goby y el pinar era lo mismo. Una hazaña estúpida y sinsentido. Respiro hondo, maldijo por enésima suerte el maldito hado que lo había colocado en esa posición, y se juro a si mismo que no continuaría, que se podrían ir París y esos paletos de mierda al cuerno. Así que cogió la bicicleta, agarró como pudo la caja rodeándola con su brazo derecho sujetándola contra su costado  y dio media vuelta. No había avanzado dos metros cuando volvió sobre sus propios surcos lanzando una sonora blasfemia, recién aprendida en el pueblo y que conseguía pronuncia casi con la misma mala leche que los nativos. Continuó avanzando por el pinar, maldiciéndose a si mismo por  tener tanto miedo a que le llamasen cobarde.

El cambio de la arena a la tierra, tras una agonía que le dejo al borde del colapso, le supuso tal alivio a sus doloridos músculos que empezó a pedalear más rápido, jadeando pero feliz al notar que la bicicleta cogía cada vez más velocidad sobre terreno firme. Parecía que le habían quitado dos toneladas de encima. Incluso gritó de alegría cuando cruzo el rio a todo velocidad aprovechando que el camino en ese punto era cuesta abajo, desplazando agua a ambos lados y disfrutando de las salpicaduras de agua sobre su cuerpo. Se sintió tan contento y tan ufano por su azaña que apenas reparo que ya había llegado a la cabaña.

Ahí estaba por fin. Enfrente suyo la cabaña, a su derecha campos y más campos de trigo y de cebada, a su izquierda olmos y pinos que bordeaban verdes el oscuro rio, y encima un enorme cielo azul sin iluminado por un sol aniquilante que resecaba la tierra, golpeaba la cabeza y formaba el acompañante perfecto al canto de los grillos.

No era realmente una cabaña. Era un cobertizo de adobe usado para guardar los aperos de labranza, posiblemente de más de cincuenta años y ya abandonado.

Pudo ser el efecto de los campos iluminados a excepción del cobertizo que se encontraba en la tiniebla más absoluta. Pudo ser la conciencia de que era el único ser humano en un radio de tres quilómetros (Para un chico criado y educado en una ciudad, esa ausencia de compañía humana es algo antinatural. Realmente es una sensación de pérdida). Pero la perspectiva de entrar en esa oscuridad solida que habitaba el chamizo le provocaba  un miedo cerval que empezaba a apoderarse del él, subiendo por su garganta como bilis negra, paralizándolo.

Lo realmente terrorífico de la sensación de soledad era que sentía que él era el único ser humano, pero no estaba solo.

Dejo la bicicleta con cuidado a un lado del camino. ¿A quién no quieres despertar, Jorge? Y avanzó despacio, con la caja entre los brazos. Debía dejar la caja dentro del cobertizo para contentar a los imbéciles de la peña y a si mismo, pero cuando estuvo a dos metros de su objetivo el terror le impidió dar un paso más. No era miedo normal, era un terror que evocaba a miedos ocultos que se ocultaban dentro de él como serpientes dentro de un cenagal. Dejo la caja en el suelo, y cayó en la cuenta de dos cosas. Una era que el gato estaba en silencio, con el pelo totalmente erizado, mirando fijamente a la cabaña y la segunda que su reloj casio, que llevaba en la muñeca derecha dado que tenia la izquierda rota cuando se lo regalaron, estaba apagado. Su padre le había colocado pilas de botón ayer. Soltó un sonido estrangulado, mezcla de gemido, grito y sollozo, dio media vuelta y corrió hacia la bicicleta. Cuando estaba montando oyó, sintió realmente, como algo se arrastraba por el polvo y tiraba de la caja hacia adentro. El gato empenzo a bufar y a maullar de terror, sonido que quedo bruscamente cortado por un gorgoteo húmedo. Después nada.

No miro atrás. Le resultó imposible. Si miras atrás puede que el depredador te alcanze.No volvió por donde había venido. Eso implicaba coger una desviación, y en el estado en que se encontraba  el instinto le decía que la línea recta era la manera más rápida de alejarse de lo que fuera. Así que  pedaleo y pedaleo por el camino que bordeaba los campos. No paró cuando llego a la carretera, no paró cuando cruzo el puente y no paró hasta llegar a su casa y tumbarse muerto de agotamiento y de sed en el banco que había debajo del viejo castaño de indias que había en el jardín de su casa. En silencio, pálido y sacudido por temblores.

Curiosamente, lo que poblaría sus pesadillas no sería ninguno de los hechos anteriormente mencionados, sino la voz ahogada que creyó intuir entre el gorgoteo surgido de los estertores del gato. Un susurro que se elevo por encima de los últimos ruidos que produjo el desafortunado animal. Una voz que aunque no igual, tenía exactamente el mismo tono que el que usaba su abuela.

“Gracias, niño”

Lo primero ,varias cosas de este relato son reales. El castaño de indias, el banco y el chamizo de adobe existen. Realmente no tenía doce años, si no diecinueve, y no había salido en bicicleta a cumplir un oscuro y diabólico reto para enfrentarme a una bruja, sino a correr solo, simplemente.  Pero la sensación de terror que sentí cuando me encontré frente a esa absoluta oscuridad fue muy real para mí. No olvidare jamás esa mezcla de sensaciones de soledad y miedo.

 Y por cierto, cuando tenía catorce años, yo y dos amigos del pueblo, un vasco y el hijo del dueño del bar, entramos en una casa abandonada (Nada de caserones góticos salidos de la mente de Bequer . Era simplemente una casa en obras al final de una calle. Creo que luego la terminaron, supongo ahora, cuando el propietario, el arquitecto y el contratista se pusieron de acuerdo sobre vaya a saber qué gilipolleces del precio). Recuerdo que  subimos hasta lo que sería el ático, disfrutando de la sensación de estar en un lugar prohibido, y el reloj casio sumergible que llevábamos todos, que en teoría aguantaba cien metros de profundidad, aunque yo solo puedo asegurar que aguanta dos, que era la zona onda de la piscina municipal, nos dejo de funcionar a todos a la vez. Salimos por patas, mitad acojonados, mitad entusiasmados  por ser protagonistas de un cuento de fantasmas. Bastante cutre, cierto,  dudo que Stoker o Lovecraft se molestasen en escribir nada sobre eso, pero en aquellos tiempo no los conocía y lo que pudieran opinar al respecto me la sudaba. Bendita inocencia.

Gracias AK

(http://palmeraquesedoblaperoaguantaelhuracan.blogspot.com/2011/06/pique.html)